Lily García: Rey de mi corazón

Por Lily García

27 ago 2013, 12:00 am 2 min de lectura

Hace unos días, llegué hasta el ala de oncología del Hospital Pediátrico invitada por el grupo Lucero del Mar. Estas voluntarias llegan todas las semanas allí con libros, charlas y hasta ayuda económica para las madres y sus hijos.

Una de las madres llegó con su nene de once años a la sesión de grupo de apoyo que tendríamos.  Rey me impresionó de entrada por la gran madurez que mostró ante los temas que tocamos en aquel cuartito, y esas ocurrencias con las cuales nos hizo reír a todas. 

En un momento, ya casi al final de mi visita, la mamá de Rey me dijo que el nene quería decirme algo que yo “no sabía”.  Yo pensé que lo que yo “no sabía” debía ser el tipo de cáncer que tenía porque era algo de lo cual nunca se habló.  “Dime, Rey, ¿qué es lo que yo no sé?”, le pregunté.  Y él me hizo una señal para que me moviera al lado de la mesa donde él estaba sentado. 

Y allí, con esa carita que pone un niño justo antes de hacer una travesura, se subió el pantalón de la pijama para mostrarme su pierna de metal. “Y tiene tatuajes”, me dijo, señalándome los dibujitos que tenía la prótesis.  Hacía un mes, le habían cortado la pierna para que se fuese con ella el tumor.  Y, agraciadamente, una prueba esa misma semana había indicado que aparentemente el niño estaba ya libre de cáncer, aunque la quimioterapia continuaba de forma preventiva. 

“O sea, Rey, que ahora, cuando tú regreses a la escuela, vas a ser el niño biónico”, le dije, sacándole una carcajada. Me contaron que en los pasillos del hospital hay que correr para alcanzarlo. Tuve que inhalar y exhalar profundo para que no estallara el taco que tenía en la garganta en ese momento.

Y me dio en la cara la maravillosa capacidad de los niños para vivir el presente e interpretarlo todo como una aventura. ¿En qué momento nos convertirmos en adultos y nos desconectamos de ese poder? Aunque Rey se sane, algo que es altamente probable,  el cáncer ya le dejó una huella con la cual tendrá que caminar el resto de su vida.  Sin embargo, él no se está preguntando, como tal vez lo haría un adulto, “¿cuánto me puede limitar esto el resto de mi vida?” o “¿cómo me van a mirar ahora los demás?”. Él no tiene tiempo para perder en preguntas estúpidas; está demasiado ocupado jugando y aprendiendo a correr de nuevo.  Gracias, amiguito, por recordarme lo importante que es ser como tú.  Eres mi héroe.