Presión de grupo

Por Dennise Y. Pérez @denniseypr

14 ago 2013, 12:00 am 4 min de lectura

Hasta hace poco, nadie me había forzado a hacer cosas que no quería, lo que me parece bastante saludable y a la vez bastante sorprendente. Cuando era adolescente, se puso de moda achacarle todo al peer pressure casi tanto como se puso de moda ahora el bullying.

Por años escapé a las presiones. Nadie me presionó para hacerme “noviecita”; nadie me obligó a cortar clases; nadie me presionó a fumar; nadie me presionó a darme un palo; nunca me presionó a vestirme a la moda. Y la única vez que me ofrecieron en la universidad un cigarrito ilegal tardé tanto en distinguir lo que el tipo tenía en la mano que cuando caí en cuenta ya se lo estaba fumando otro.

Pero haber tenido esa fortaleza de carácter no quita el hecho de que tengo pocas pero muy grandes fobias. Le tengo terror a la profundidad del mar. Tardé años en confesarlo, pero un día no pude más con la presión de mi marido para que me tirara al mar abierto desde un catamarán y tuve que decírselo, mientras él me miraba como cuando le dije que era boricua, pero no tenía suntan.

También odio las alturas. Me aterran las atracciones que te suuuuuben para luego dejarte caer abruptamente. No me monto en montañas rusas. Siento que infarto en la torre del terror, y las estrellas esas de feria me provocan náuseas y mareos. De modo que cuando la gente dice que “ese vive en Disneyland”, yo me imagino que vive aterrado y no en medio de una linda fantasía.

Pero hace unas semanas a unas amistades se les ocurrió celebrar un cumpleaños de una manera diferente. Y yo, como no sabía de qué se trataba, me apunté en el plan, que nada más y nada menos nos llevó al centro de la Isla, bien aaaaalto a hacer ziplining. Unjú. Ziplining; dícese de un acto de masoquismo inimaginable en el que pones tu fe en unos cables que aguantan todas tus libras a más de mil pies de altura, mientras cruzas de montaña a montaña creyéndote Tarzán.

Cuando llegamos al lugar y empecé a ver las alturas de cada uno de los montes, empecé a sentirme enferma. En algún momento le di gracias a Dios porque no tenía los zapatos adecuados para la aventura, pero una amiga saltó y me ofreció unos extras que tan inoportunamente tenía en su carro. Después, empezó a llover y dije: “YES, cancelado”. Pero eso tampoco pareció preocupar a nadie.

Y en medio de mi crisis emocional, la que trataba de ocultar detrás de la inexpresión total, cosa que me pasa cuando me voy en shutdown, me puse a llenar la hoja que te dan para relevar a la empresa de cualquier responsabilidad en caso de accidente. Llené el documento en todas sus partes, sin leerlo, porque tenía tanto miedo que sentía ganas de vomitar. Supongo que en algún lado el documento decía: “Si usted es tan anormal que accede a hacerse el Tarzán a más de mil pies de altura, es problema suyo. Nosotros le dimos el cable y lo empujamos. Si se parte, pues… RIP”. ¡Qué, quééé!

Para colmo, llené el maldito papel al lado de un abogado. Lo veía escudriñando el documento y por momentos lo leía en voz alta. Yo sólo veía sus labios moviéndose. Era más o menos un episodio de esos en los que Ally McBeal imaginaba que le entraba a golpes a la persona con la que hablaba. Porque en realidad quería caerle a golpes, así que lo bloqueé como mecanismo de protección.  Cuando vi que firmó el papel con cara de resignación, me dije: “Hasta aquí llegó la nena de Rita y Negro”. Y empecé a mirar con sospecha a mi marido que insistía en que me tirara antes que él. “¿Cuál es tu problema? ¿Cuál es tu plan?”, me preguntaba internamente.

Yo no sé cómo lo hice ni cómo superé el único momento en que flaqueé. Pero a fuerza de la presión de grupo me tiré de ocho cables de esos y sonreí las dos veces en que me quedé enganchada a mitad de camino, a mil pies de altura y con el río y las piedras de fondo mirándome sonrientes, como si me esperaran allá abajo angelitos con mattress Global. Pero yo sonreía porque mis amigos tenían las cámaras encendidas y primero muerta que cobarde en evidencia.

La presión de grupo y la necesidad de no quedar en ridículo como la única cobarde ante este grupo de amigos fueron el motor de esta aventura. No sé si lo vuelva a hacer. Apuesto a que no. Toda una vida escapando de las presiones para terminar guindá de un cable… No way.