Mi primer gol
Ha sido mi relación más íntima. Al principio estuvo basada solo en la diversión y en el descubrimiento de las posibilidades físicas. Luego, entramos en la faceta del reto intelectual y de la competitividad. Ahora somos como unos viejos compañeros que gozamos cada experiencia.
Lo descubrí cuando era una niña y mis capacidades motoras estaban aún desarrollándose. Mi primer encuentro con él fue a través de una portería y una bola de fútbol. Mi mamá se paró delante y me dijo: “Esto es deporte, y el primer paso es disfrutarlo”. Miré la portería con ojos grandotes, se me dibujó una sonrisa de picardía, estiré la pierna hacia atrás para tomar empuje y pateé la bola lo más fuerte que pude hasta que chocó con la red y mi madre gritó: “Goooooool”. Así empezó la relación mas íntima de mi vida: el deporte.
A ese gol le siguieron horas y horas en canchas de fútbol, collares de tierra en el cuello de jugar sin pensar en el tiempo o en los resultados. La diversión de conocer mis capacidades físicas y empujarlas hasta el cansancio no solo me llevaron a ser una mujer saludable, sino, y en especial, a empezar el viaje sin retorno de conocerme. El deporte me enseñó de qué estaba hecha.
Dicen que cuando perdemos es realmente cuando valoramos ganar. El concepto del fracaso a través del deporte o de la victoria no llegó a mí hasta que entendí lo buena que podía ser en él. Es un instinto, es un hambre que impulsa a superar los límites físicos, mentales y demostrarlo en ranking y en victorias. El bodyboarding, para mí, fue la bienvenida a mi segunda etapa de relación: el reto de llegar a ser la mejor.
Viajé el mundo con el deporte. Recorrí los océanos, tuve muchas victorias y muchos fracasos, levanté la bandera en podios internacionales y miré atardeceres sintiendo que nada faltaba. En esos años, viví la continua transformación de revaluar qué era lo realmente importante en mi relación con el deporte: la diversión o el triunfo. “Disfruta, haz lo que sabes hacer”. Esas palabras de mi madre eran el bálsamo antes de cada competencia y, eventualmente, todo se alineó en mi entendimiento: la experiencia en sí era el triunfo.
Hoy, el deporte es mi compañero de vida, mi más íntima y enriquecedora relación. Me he divertido como un niña, he aprendido a cuidarme y a empujarme. He sobrepasado mis límites emocionales porque siempre me invita a crecer. Al deporte le debo una vida de descubrimiento personal y el maravilloso placer de poder hacer a mucha gente feliz con mis logros o con los aprendizajes de mis fracasos. Así que, como un ave que vuelve a su nido, estiro mi pierna hacia atrás y pateo la bola hacia la próxima portería que se presente con una sonrisa pícara y los ojos grandotes.