Un pie frente al otro
Mi abuela solía decir: “No hay mal que por bien no venga”. En mi niñez sus palabras se colaban por mi cabeza sin que yo las entendiera, pero las abuelas suelen dominar el método cognoscitivo de la repetición.
Supongo que, al oírla tantas veces, su mensaje se quedó grabado en lo profundo de mi subconsciente y victoriosamente regresaba como un eco cada vez que me chocaba con alguna pared de frustración en mi vida.
El efecto que ella pretendía se convertía exactamente en el opuesto cada vez que recordaba su frase. Me enojaba tener que forzarme por ver el lado positivo de cada particular situación que estaba enfrentando.
Como cuando choqué mi carro justo cuando estaba terminando de ahorrar para mis vacaciones y mi abuela me dijo: “Tranquila, pudo haber sido peor”.
¿A quién le gusta escuchar que todo estará perfecto cuando el único refugio es la tristeza misma de la experiencia? El único bálsamo es el simple hecho de ser la víctima de tu propia realidad, o sea, mi carro destrozado y cero vacaciones por un largo periodo.
De alguna manera ser la víctima puede venir atado a la lejana concepción de que sin sacrificio no hay recompensa o que sin sufrimiento no hay triunfo.
Cada una de estas teorías que casi todos cargamos pueden ser tan poderosas que tendemos a sentirnos mártires en momentos difíciles como si eso significara que realmente estamos pagando por ser felices, pero más adelante.
A algunos de nosotros nos han roto el corazón o hemos sido víctimas de algún desengaño y, aunque lo más preciado objetivamente sea un buen mensaje de aliento, como “la próxima es la vencida” o “más adelante vive gente”, no hay forma de que uno en esa situación no pueda dejar de enojarse con la idea de abandonar la cómoda sensación de tristeza que produce el duelo.
Después de todo, “nadie aprende por cabeza ajena”, diría mi sabia abuela. No puedo estar más de acuerdo con ella. Pues uno mismo es quien decide el personaje que encarna en su vida: mártir, víctima, héroe o heroína. Por eso, esta reflexión no es mas que otro intento de seguir indagando cíclicamente sobre las mil y una tendencias que existen para vivir sin tanto drama y con más entendimiento.
Al retomar las palabras de mi abuela después de haber chocado con muchas paredes de frustración y haber interpretado muchos personajes conmigo misma, he decidido simplemente ser una mujer que aprende a poner un pie frente al otro cada día. Porque, después de todo, “no hay mal que por bien no venga”.