Noche de Karaoke
Dennise Pérez relata los episodios de uno cantar solo
Yo me la paso cantando.
Me levanto y canto. Guío y canto. Escribo y canto (¡ahora mismo estoy cantando!); limpio y canto; cocino y canto; me baño y canto. Puede que alguien me esté hablando y yo esté cantando en mi mente, quizás por tic nervioso o como conveniente mecanismo para no escuchar, aunque oiga. Una amiga mía se da cuenta de que lo estoy haciendo porque en vez de mirarla a los ojos la miro a los labios. Eso es una muestra inequívoca de que ya me perdió con el cerebro, así que estoy tratando de no perdérmelo todo y al menos trato de leerle los labios.
A veces he pensado que es un trastorno emocional que no me he ido a diagnosticar. Otras veces pienso en mi familia materna y recuerdo que hay ahí una línea medio artística, de músicos y de cantantes, pero de los buenos, de los de trova, de campo adentro. Tengo en varios de mis tíos y primos unos cuatristas y guitarristas de primera, a un compositor de los mejores que he conocido, y a mi abuelo Toño, que en paz descanse, un verdadero genio que no pasó de escuela elemental, pero que de cualquier cosa te componía una décima y hasta en su balcón te sacaba un aplauso. Todos anónimos, pero todos genios.
Claramente, no soy uno de ellos. No afino, no compongo y no toco instrumento musical alguno. ¿Y cuál es la solución para todos los que tenemos curiosidad musical, aunque nos falte el talentooooo? ¡El karaoke!
Karaoke, método de entretenimiento para todo amante del canto o de las canciones, con talento suficientemente venido a menos, que no teme a exponer sus debilidades en público, por lo general después de unas cuantas bebidas refrescantes.
Por un tiempo evité los karaokes no me acuerdo ni por qué. Creo que fue un hold que le puse a la experiencia cuando me di cuenta de que había demasiado artista en la calle que usaba el micrófono del karaoke más que como un método de desahogo emocional, como un método de desahogo artístico.
Y yo los comprendo. A mí me encanta guiar SOLA, no importa la distancia, porque prendo el radio y me convierto en una loca al volante. Prefería el carro al karaoke dizque porque era más privado. Hasta que un día guiando mi carro subí el volumen ante la diva Ednita Nazario y canté con interpretación y todo.
En un cambio de luz, y en un veloz intento por componerme para continuar la marcha, miré a la izquierda y los ocupantes del carro del lado me miraban absortos. No es como que todo el mundo anda cantando “Quiero que me hagas el amor” en medio de la 65 de Infantería, you knowwww.
En otra ocasión, antes de grabar un programa de televisión, fui al baño ya alambrada con mi micrófono y, como canto siempre, me escucharon todo, sí, eso, y una canción que me hacía una lesbiana magnífica. Cuando regresé, todo el control empezó a aplaudir. ¿Qué, quééé?
Y pues, ante tanta energía contenida, regresé al karaoke. Todavía me da un poco de cosita y nunca —jamás— soy la primera en coger el micrófono. Siempre me aseguro de dos cosas: hay alguien que canta mejor que yo y hay alguien que canta peor yo. Estar en el mismo medio me hace imperceptible desde mi punto de vista. Paso con ficha. Y yo en el proceso me desahogué y, en mi cabeza, la puse en la China.
El otro día, sin embargo, mi poco protagonismo musical se vino abajo por unos minutos cuando el caballero coordinador me pasó el micrófono a mí y, para la misma canción, a otra persona desconocida para mí. Le di el beneficio de la duda, pensando yo, cual divina Celine Dion, que quizás seríamos un dúo espectacular. Otra fantasía de cantante frustrada. Cuando esa mujer abrió la boca, yo, que todo lo digo con mis ojos, por poco infarto. Aun así, le permití un par de notas adicionales solo para volver a mirarla con rostro de “¿qué haces, nenaaaaaa?”. El problema es que no lo dije con los ojos. Lo dije en el micrófono mientras todos miraban y escuchaban. “Eso no se canta así; me estás dañando la canción”, dije por tercera vez hasta que le sacaron el micrófono de la mano y me convertí oficialmente en el Freddy Krueger del karaoke.
Casi nada me despierta esta pasión confrontacional. Pero ya que no saqué el talento de mi familia, y que mi abuelo desde el cielo está pidiéndole a Dios que me perdone, por favor, no se meta conmigo cuando tengo el micrófono. ¿Ok? Ok.