El valor de calzarse a sí misma

Por Natasha Sagardía @NatashaSagardia

28 jun 2013, 12:00 am 3 min de lectura

Llevaba varios años lejos de su isla, pero el orgullo de no volver sin algunas certidumbres la obligaban a quedarse. Los primeros meses los pasó entre las casas de amigos y de familiares; incluso llegó a extremos como hurtar en el supermercado para poder comer. Paso a paso fue adentrándose en el tiempo de aventura laboral,  pasó de ser cajera a vendedora y, más tarde, a bailarina.

Su presentación nocturna era la más esperada. Con sus profundos ojos y su danza embriagadora  conquistó a muchos espectadores y, eventualmente, a él, el dueño del pequeño teatro, quien llegó a su vida sin mucho romance casi como una salida inevitable. Abrazarlo le era suficiente para hacer desaparecer el vacío que la perseguía.

Se mudaron juntos y ella se convirtió en su mano derecha. Por un tiempo todo fluía y, por fin, su vida parecía tener una dirección. Sin embargo, empezaron las peleas por inseguros celos, que ella pretendió justificar como parte del amor. Los gritos iniciales dieron lugar a las amenazas y estas al primer golpe: “el dolor de la primera galleta”, recuerda con tristeza. Inmediatamente, el arrepentimiento, las flores, las promesas de que nunca más pasaría y el perdón.

“Estaba sola en un país extranjero sin dinero y peleada con cada uno de sus familiares en su isla natal”, reflexiona. Cualquier decisión de independencia quedaba destruida inmediatamente por el miedo. Así fue aprendiendo a sobrevivir, a callar y a evitar las peleas. Se convirtió en una mujer ajena de sí misma; extraña. Su risa natural y la picardía de sus sueños de crecer y construir  se desmoronaban con cada grito.

Cierta tarde, mientras preparaba el escenario para las demás bailarinas, sus pies revivieron su antigua presentación. Dejándose llevar, bailó como no lo había hecho en mucho tiempo. Una antigua, a la que creía olvidada, emoción invadió su cuerpo.

Los aplausos de algunos clientes la sacaron del trance. “Feliz, me sentía feliz”, rememora, pero  la sonrisa se desdibujó cuando sus ojos se cruzaron con los de él, con su gesto de odio y forzado control.

La mañana siguiente caminó hasta el baño por inercia. Se mojó las manos con agua fría y con un impulso doloroso se las llevó a la cara. El contacto del agua con sus ojos la obligó a pestañear dos o tres veces para poder enfocar la imagen borrosa con la que se encontraba en el espejo.

Borrosa porque no era ella. La tristeza de no recordar en qué momento dejó de conocerse la invadió con una punzante culpa de haberse dejado llevar como una autómata. “Antes me había sentido así, pero ese día no pude escapar a mis ojos”. La emoción que le había provocado el bailar la confrontó con su ser y con la cruda realidad del miedo en el que vivía.

Sintió surgir una sorprendente valentía interna, secó sus lágrimas y decidió enfrentar ese vacío, su propio vacío. Preparó una pequeña mochila con ropa y salió por la misma puerta por donde había entrado a buscar trabajo unos años atrás. El primer paso fue duro; tenía miedo, pero revisó su vida antes de ese teatro y entendió que su vida le pertenecía. Entendió que era su deber recuperarla.

Ella me pidió que contara su historia para que otras mujeres que estén viviendo una vida de sometimiento recuerden que todos los días son un día perfecto para decir “basta” y atreverse a pisar con la fuerza de ser uno mismo.