Búfalos mojados

Por Dennise Y. Pérez @denniseypr

26 jun 2013, 12:00 am 4 min de lectura

Como alguien que se crió en el campo rodeada de casas de familiares como por una milla de terreno, se me hizo difícil la transición de ir a vivir a un lugar donde no conocía a nadie; nadie sabía mi nombre, y un pequeño grupo hacía demasiadas preguntas.

En ese pequeño grupo no estaban los agradables rostros de mis tíos ni mis primos, mucho menos el de mi abuela. Cuando uno vive rodeado de familiares, hay pocas reglas de convivencia, porque el sentido común sustituye los reglamentos y un regaño de tu abuela es menos apreciado que una multa de tránsito. Así que uno anda derechito.

Pero con los tumbos y los desarrollos de la vida, luego de varias paradas técnicas, compré mi techito en un complejo de walk-ups en un área semirrural de Río Piedras, de lo más mono y adecuado para mis 20 y tantos años. Y vivía de lo más cool, en un silencio casi sepulcral, pero vivía cumplidora y en paz.

Poco a poco fui descubriendo algo que nunca me explicaron cuando bajé del campo y es que estos complejos tienen lo que se llama una asociación de residentes que se supone que se dedican a mantener el orden y el civismo, y a velar por el bien común. Así me los vendieron. Por esa descripción, yo entendía que casi me iba a gobernar dentro de la urbanización una logia de gente razonable, a los que de vez en cuando hasta podías invitar a tu casa a tomar café.

Cuando me empezaron a llegar las notificaciones de pago de mantenimiento supe que la asociación esta de la pulcritud residencial tenía un costo, y nada más y nada menos que de par de miles de pesos al año. El orden no es gratis ni aunque te lo preserve el vecino. Y aunque te mudes a un último piso, como yo, también tienes que aportar para que corten la grama y te mantengan las florecitas impecables.

Hasta ahí iba todo más o menos aceptable. Y me llegó el primer golpe con una palabra hasta ese momento desconocida: derrama. ¿Qué quééé? Derrama: dícese de una gran clavada que se inventa anualmente la asociación residencial para pintar el edificio, comprar más cámaras de seguridad y sembrar matitas.

Todas esas cosas, ojo, se llevan a votación. Y admito que no voy a ninguna reunión. Solo fui a una y salí aturdida. Después de todo un día de trabajo, llegar a la casa a buscar más lío no era. Me sentí como Pedro Picapiedras en el club de los Búfalos Mojados, solo que no salí gritando: “Yabba dabba doo”. La cabeza solo me decía: “Derrama, reglamento”. Y, como en muy pocas cosas en la vida, bajé las manos y admito que desde entonces he permitido que otros decidan por mí. Uno entiende que a nadie le gustan estos claves mortales ni esos colores de pintura, pero no, siempre los aprueban por amplia mayoría, así que algo bueno tienen.

Con lo que uno paga en estas asociaciones de pulcritud residencial deberían darte unos derechos VIP de coexistencia. Yo no me atrevo ni a tocar bocina, porque ahora aprobaron dar boletos por eso, por exceder las 15 millas o porque alguien use el estacionamiento común después de la medianoche. He pagado varios cientos por esto, nunca por mí, siempre por los visitantes. No sé quién ni cómo miden el exceso de las 15 millas, ni por qué Seguridad le abre el portón a alguien después de la medianoche si le va a dar un boleto por estacionarse a las 12:01.

A veces creo que esto no es ni legal. Un sábado me llamaron porque mis sobrinos estaban haciendo ruido a las 6 p.m., y yo que me he tenido que tragar los ladridos de cuanto perro existe y los barrenazos de algún laborioso vecino un sábado a las 7 a.m., y no me quejo. Y si olvidaste pagar el mantenimiento, puedes llegar un día del gimnasio todo adobao y darte cuenta de que te cortaron el agua como castigo. Las veces que he tenido que irme a un hotel porque necesito bañarme y la memoria me ha fallado son suficientes para que me den ahora un boleto por malhablada.

Muchos estarán diciendo: “Bueno, pero vives en un ambiente de civismo”. Bueno, en mi barrio se fomentaba el civismo y se cortaba la grama… y era gratis.