Abusos contra menores

Por Ivette Sosa @ivettesosaT2

25 jun 2013, 12:00 am 3 min de lectura

La cobertura de casos en los tribunales es muy interesante. Uno ve de todo. Cuando el caso asignado es de agresión sexual a un menor de edad, sin poder evitarlo veo el rostro de mi hijo en cada carita de las víctimas, sin que importe si es varón o hembra. Es como si el semblante de esa otra persona, a quien no conozco, desapareciera y, de repente, viera la de mi chico de 11 años. En ocasiones, hasta llevo estos casos a mis sueños solo para despertar al otro día de una horrible pesadilla.

En estos casos, los acusados siempre se muestran cabizbajos una vez frente a un juez. Cuando admiten en corte abierta que abusaron de sus hijos biológicos, quiero salir corriendo de allí, pensando que quizás esos menores nunca podrán dejar atrás ese amargo capítulo de sus vidas. Con frecuencia, a los acusados se les ve llorar y hasta temblar. Pero estas lágrimas no me conmueven, pues en el tribunal la mayoría no puede contener el llanto, sobre todo cuando están esposados y vistiendo uniforme de confinado. Aunque no suelo demostrar emociones en mi trabajo, las tengo y me da coraje.  A menudo me cuestiono: “¿Cómo puede un ser humano hacerle daño a un niño inocente como el mío? ¿Qué pasará por la mente de un ser humano que se atreve hacer tamaño disparate?”.  No puedo evitar que el rostro sonriente de mi nene invada mi mente por completo cuando miro de frente a los acusados o a las víctimas en estos casos.
 
Los abusos que estas personas aceptan en los tribunales haber cometido a menudo ocurren cuando las víctimas tienen entre los cinco y los 7 añitos. No hay que ser tan descriptivo para imaginar en qué consisten tales agresiones. Algunos aceptan su culpa delante de sus víctimas, cuyos rostros a menudo se observan  húmedos de lágrimas. ¿Le permitirá la conciencia estar tranquilo a alguien que incurre en esa conducta con sangre de su sangre? Les roban la inocencia a estos niños. Los marcan para siempre.  Con toda probabilidad, los abusados buscarán sus propias víctimas en su adultez y el círculo vicioso de estas agresiones no se romperá.

Mi experiencia ha sido que las víctimas suelen atribuir las admisiones de culpabilidad de los acusados a su afán por obtener sentencias menores.  En ocasiones, las víctimas dicen percibir que su victimario no muestra  arrepentimiento real. Y no las culpo, puesto que a menudo pienso lo mismo. Máxime cuando el acusado levanta las manos y cuenta sin tapujos lo que les hizo a sus hijos.  Se supone que los padres seamos las personas que amemos más que nadie a nuestros hijos.  Hay casos que me asignan a diario en los que, lamentablemente, son los padres quienes, irónicamente,  más daño les hacen a sus propios niños.

El abuso sexual es más común en nuestro Puerto Rico de lo que se piensa. La clave, sin duda, es la educación. Es necesario estar alerta sobre cuáles son las técnicas de estos depredadores sexuales para, siendo proactivos, identificarlos de inmediato. Prefiero que me tilden de paranoica antes de pasar por una experiencia tan dolorosa en la vida.  De manera que, en adelante,  cuando mi chico entre a un baño público de caballeros (porque ya es “grande”) continuaré esperando afuera con el corazón en la boca y pensando lo peor. También seguiré diciendo (a boca de jarro) al abrir la puerta del baño a cada minuto: “¿Todo bien? ¿Cuánta gente hay ahí adentro?”.  Y, por supuesto, que mi niño seguirá contestándome: “¡Mamá, por favor! ¡Tranquila que todo está bien! ¡Bendito sea Dios!”.