Ay, pol favol...
Nosotros no nos damos cuenta. Lo hacemos con una naturalidad tan grande como respirar y no está en ninguna lista de propósito de enmienda. Pero cuando hablamos con un extranjero sabemos que algo anda mal cuando empiezan a abrir los ojos perturbados por nuestra manía de cambiar las r por las l.
Siempre he tenido curiosidad de saber por qué rayos no podemos decir “carrrrne” o “porrrr favorrrr”, con r. ¿Qué nos cuesta? Pues parece que mucho y casi la vida.
Hay muchísimas teorías sobre la manía esta, desde que la heredamos de los españoles de Andalucía o que la tenemos por culpa de los esclavos, que 600 años más tarde, a los pobres aún los estamos culpando.
Tirarte a la calle y escuchar conversaciones ajenas sin querer es un poema cuando se trata de ese fenómeno lingüístico y cultural. Es casi más divertido que ver un reality. “Pol favol” esto, “pol favol” aquello. “Peldón” pa aquí, “peldón” pa’llá. Y como la mayoría de nosotros vive entre puertorriqueños, pues nadie se espanta mucho. A pocos les pasó como a mí. Cuando conocí a mi esposo, que es argentino, me preguntó si nos habían conquistado los chinos. Preguntó de broma, pero era bastante serio. Muchas veces, al decirle a un extranjero que soy de Puerto Rico, un extranjero me ha tirado un “ahhh, de Puelto Lico”. Y bueno, pues hasta ahí. Que cambiamos una, no dos, y no, no nos conquistaron los chinos.
Por suerte no somos los únicos. La manía esta la compartimos con los dominicanos y los cubanos. La primera vez que escuché a un cubano decir “pol favol” un poco más ahogado que yo, le di gracias a Dios porque no estamos solos en este mundo. No somos tan extraterrestres na. Y los cubanos tienen sus complicaciones, porque a veces en vez de sustituirlas, se las tragan, “poh tu madre”. Y los dominicanos también nos compiten cuando cambian la l por r, “marditísima vaina”.
Por cuestiones del trabajo trato de tener mucho cuidado con las r y las l, pero de vez en cuando se me zafan. No hay caso. Hay que hacer un esfuerzo demasiado grande para que la costumbre no se interponga. Termina doliéndote la cabeza porque no es natural.
Un colombiano me preguntó una vez si la cantidad de personas que intercambian la r por l es proporcional al grado de analfabetismo o de pobreza de la Isla. Y es una pregunta bien seria, pensándolo bien. Pero en ese momento solo se me ocurrió decirle que no, que el secretario de Educación de ese momento no solo no discriminaba con las letritas, sino que también arrastraba la r de una manera bastante talentosa. Y tenía un doctorado. De modo que juzgar el fenómeno por condición social o económica es un peligro. Se nos va el per cápita al piso.
Una vez en misa una amiga me interrumpió en medio del Evangelio porque no podía creer que el cura cambiara las letras, no en el sermón, sino leyendo. Pobre española. No estaba convencida de que el cura tenía licencia para cambiar el Santo Evangelio de ese modo. “La primera vez que Lázaro se levanta al telcel día…”, me dijo.
Yo abogaré siempre por el uso correcto del idioma. Soy una loca del diccionario. Escribí mil veces a la Real Academia Española para que crearan la aplicación para smartphones y me da urticaria cada vez que escucho a alguien hablando o escribiendo mal. Pero me parece que tendré que asumir de una vez y por todas que esta pequeña aberración lingüística es hasta un poco divertida. Y es tan caribeña…
Al que no le guste, PELDÓN.