Mis mocasines negros
Los levanté con nostalgia del piso de mi antiguo cuarto en Argentina y los puse dentro de la maleta. Eran recién comprados y para mi nueva escuela en Puerto Rico serían perfectos.
En el primer día de clases, me vestí con la delicadeza de una geisha. Me até todos los botones de la camisa blanca y del chaleco azul. Mi falda de cuadros estaba recién planchada y me llegaba a las rodillas. Las medias eran largas, exactamente como se usaban en Argentina. Básicamente, no se me veía ni un espacio de pierna descubierta.
Había dejado para lo último mis mocasines negros. Porque eran la única parte familiar de este nuevo uniforme. Me daban la seguridad de sentir que todo estaba bien, que esa era yo.
Al entrar por el portón que daba a la calle Loíza, las campanas de la iglesia me asustaron. En cada paso que daba con los mocasines podía sentir el peso de más y más miradas sobre mi espalda. Así que levanté la vista con la intención de disimular mi temor y alguien gritó: “Mira las alcapurrias de la nena nueva”. En ese momento, no entendí qué estaban diciendo, pero sí lo que significaban las risas posteriores.
Mis mocasines negros se convirtieron en alcapurrias y en el primer artículo que encontraron mis compañeros para darme la bienvenida al ejercicio forzado de definirme. Cuando abrí la boca, mi acento inundó el salón y me convertí en el centro de la risa.
Llegué a casa corriendo con lágrimas de rabia directamente a donde mi madre. Le exigí que me comprara zapatos nuevos, como los que todas las nenas tenían.
“Tus zapatos los elegiste vos; te encantan. Ahora hay que hacerse cargo de los gustos y decisiones”. Recuerdo que sus palabras retumbaron en mi cabeza como los campanazos de la iglesia en la escuela y lloré hasta cansarme, entendiendo poco de la lección que ella me sugería.
Cada día que iba a la escuela, mis mocasines negros de Sudamérica eran el chiste de la escuela y tener que pisar con ellos era simplemente una tortura. Solo deseaba que desaparecieran, pero contra el calor que los maltrataba fueron extensamente duraderos.
Cuando me cansé de llorar y resistir y me resigné a que fueran parte de mí, los zapatos mágicamente volaron contra una pared y una pieza de metal se rompió.
Ese día pensé que mis problemas habían acabado, pero después de los “ zapatos alcapurria” vino mi acento y luego mis pantalones, y así siguieron los chistes sobre mis diferencias.
Hoy puedo decir que todos tenemos algún par de “mocasines negros” que llaman la atención. Calzarlos es una aventura interesante y una decisión de gusto y seguridad.
Ahora los levanto del baúl de los recuerdos con risas y los campanazos de la iglesia de la escuela se cuelan con la nostalgia que trae el tiempo y las historias que nos obligan a pisar con fuerza.