Nosotros, los cuatro ojos
Tengo dos ojos que Dios me dio y dos ojos más que compré en la óptica. Y si bien es cierto que Dios me los dio perfectos, la verdad es que mi vida sin espejuelos es miserable.
Comencé a usarlos de adolescente, cuando me colgué en mi primer intento de sacar la licencia de aprendizaje para conducir. El médico ese que está en la orilla de la calle, que te da las certificaciones para la licencia, te vende las fotos 2 x 2 y aparenta que te examina la visión señalando letras que ya le aburren, me pasó en la evaluación, pero yo sabía que era un peligro para la sociedad que me permitieran ir detrás de un volante y se lo dije a mami, que terminó llevándome a su oftalmólogo, que, a su vez, luego de evaluarme, sugirió que había que meter preso al médico de la licencia.
Tenía una miopía buena gente. No había manera de distinguir cosas de personas a distancia prudente. A su juicio, era peligroso hasta que guiara una bicicleta. Yo lo sabía porque en mi mente mi incapacidad con las matemáticas tenía que ver con que no veía la pizarra, aunque fuera para justificarme ante mami y papi.
Hasta ese momento, por una cuestión de vanidad y estética, me había negado a chequearme la vista. Pasaba ya bastante tiempo arreglándome el pelo en las mañanas como para tener que preocuparme encima por cómo me veía con espejuelos. Pero fue inevitable. Me sentía como una nerdita, aunque fuera nerdita a medias, porque no se es nerdo cuando se odian las matemáticas.
Nosotros, los cuatro ojos, en algún momento hemos sido incomprendidos o malinterpretados por nuestro impedimento visual. Nosotros, los cuatro ojos, muchas veces pasamos de largo ante la mirada sorprendida de un conocido que se pregunta qué te hizo que no lo saludaste, ¡y es que no lo viste! Yo me la paso quitándome y poniéndome los espejuelos y las gafas de sol —con aumento— todo el santo día, y ya casi como un mecanismo de defensa, me he cogido saludando como medida preventiva para luego descubrir que he saludado nada más y nada menos que a un cuadro en la pared (¡he saludado hasta a la Mona Lisa!). A veces me he saludado a mí misma pasando por un espejo. Otras veces, admito, que he usado mi impedimento como escudo cuando me quiero zafar de saludar.
Una vez tuve que bajar de una nube a un chico, que me dijo que lo más que le gustaba de mí era la mirada que ponía cuando lo veía. ¿Qué quéeeeee? “Ay, mira, de verdad disculpa, pero es que yo no veo”. Pobre tipo. De pensar que me tenía tumbá al descubrir que mi transformación de mirada no tenía nada que ver con su testosterona, sino con un intento combinado entre ojos y ceño fruncido, de enfocar la vista sin los espejuelos.
Mi condición no es operable y mis ojos son alérgicos a los lentes de contacto, así que estoy condenada a los espejuelos. Por eso, en una fiesta, formal o informal, nunca veo. Estoy a la merced de mi acompañante o de que la gente se aproxime bastante para saber quién me pasa de frente. Es un estrés tremendo para nosotros, los cuatro ojos.
En el último examen visual recibí la grata sorpresa de que mi miopía se había reducido. Y le pregunté al oftalmólogo cómo era eso posible. Me explicó que, a medida que pasa el tiempo, la miopía se va reduciendo y empiezan a ocurrir otras cosas en los ojos. La clave fue su expresión “a medida que pasa el tiempo”. Y rápidamente la traduje en voz alta: “Quiere decir que a medida que uno envejece la miopía puede que mejore, como cuando, por ejemplo, empiezas a tener problemas mirando de cerca, ¿verdad?”. Y me respondió: “Exactamente”. Joderrrrr. Dos noticias de cantazo. Te estás poniendo vieja y ya mismo no ves bien ni de cerca ni de lejos. ¡Qué cool!
Esto de ser un cloncito de Mr. Magoo no es fácil ni es divertido. He llegado a pensar que, si alguien me quiere hacer verdadero daño, con robarme los espejuelos en lugar de la wallet basta. Encima, dentro de pronto empezaré a tener que alejaaar el menú de los restaurantes para saber cuáles son los especiales del día casi desde mi falda.
Y dicen que pasa en punto a los 40. Estoy a ley de nada.