Lo que cubro: Una conversación con Ana Cacho
Durante la cobertura del juicio por la demanda que radicó Ana Cacho al exdetective privado Milton Rodríguez por incumplimiento de contrato, la demandante se acercó a mi motu proprio. La conversación que aquí relato se dio durante un breve receso en la fría sala del tribunal.
Permanecí en la sala cuando advertí que Cacho se acercó y me dijo: “Me agrada que usted esté aquí. La he visto en otros casos. No pretendo ser ‘lameojo’, pero qué bueno’”. Agradecí sus palabras y la mujer que muchos odian prosiguió: “Somos Ivette las dos. El mío es de segundo nombre, pero con ye (y)”. Su madre se quejó de que la prensa nunca lo escribía bien. Tomé nota de la corrección mientras hablaba con ambas mujeres. Vi a una Ana Cacho frágil, más delgada, vulnerable y llorosa. “No quisiera estar en sus zapatos”, le dije. Bajó la mirada y percibí que se sonrió a medias. Me preguntó si tenía hijos a lo que respondí afirmativamente. Mi hijo tiene la edad que hoy tendría Lorenzo González Cacho. Experimenté un flashback.
Tan pronto supe de la muerte de Lorenzo, necesitaba ver a mi hijo. Llegado el momento, le di un abrazo fuerte, le dije :“Te amo” y agradecí a Dios en silencio, porque el mío estaba vivo. Cuando Cacho sacó su teléfono y me mostró varias fotos de Lorenzo, respiré su pena. También me mostró fotografías de sus hijas. Son niñas hermosas. Hice lo mismo. Le mostré una foto de mi niño y observé sus ojos inundarse con lágrimas. “Cierre bien su casa siempre si vive con él”, dijo. A mi mente vino la foto de la puerta trasera de la casa donde asesinaron a Lorenzo, la que primero se alegó estaba forzada y luego se determinó que no. Yvette González intervino una vez más en la conversación en la que se hablaba del Día de las Madres. “Nosotros no haremos nada para el Día de las Madres. Lorenzo era un niño bien querido en nuestra familia. No le debemos nada. Le dimos todo nuestro amor en vida”, dijo González mirándome mientras su hija asentía con la cabeza.
Hay quien dice que la pérdida de un hijo jamás se supera. Lo que ocurrió en aquella residencia de Dorado esa noche marcó para siempre las vidas de muchos. Puerto Rico entero hizo suyo el sufrimiento por la muerte del niño. ¿Podremos algún día conocer qué realmente pasó allí? ¿Dicen la verdad los protagonistas de este dramático caso? ¿Habrá encubrimiento por parte de alguna de las partes? Las interrogantes no terminan y en la medida en que el Departamento de Justicia parece no tener nada concreto que ate a quienes estuvieron en la residencia esa noche con el hecho de sangre. Se dice que la investigación fue deficiente; tiene lagunas. Interesantemente aún no se han radicado cargos a más de tres años de los hechos.
En fracción de segundos, todo lo anterior pasó por mi mente durante aquel breve receso. De repente, se escuchó a un alguacil decir en voz alta: “¡Todos de pie! ¡Se reanuda la sesión!”. Ana Cacho, a quien no juzgo, se despidió con un gesto primero y luego me dijo en voz baja: “Seguimos. ¡Mucho gusto!”. Su madre me dio la mano, sonrió y ocupó su lugar. Resulta interesante conocer qué pasará por la mente del asesino(a) hoy día. ¿Se sentará cómodamente en la sala de su casa a ver las noticias sobre el caso pensando que se salió con la suya? Solo Dios sabe.