Tolerar no es amar
Los puertorriqueños usamos mal el lenguaje o al menos utilizamos mal las palabras, y quiero pensar que no es a propósito.
Desde hace años, he seguido con atención la discusión entre los sectores religiosos y representantes de la comunidad LGBTT en la Isla. A todos los sigo con respeto y con oído objetivo. A ambos lados tuve acceso gracias al periodismo, y es una de las controversias que más ha enriquecido mi vida.
Escuchar me ha permitido liberarme de mitos y de estereotipos. Me ha permitido deshacerme de prejuicios, me ha permitido hacer grandes amigos y me ha dado una nueva y mejorada idea del amor.
Y al leer esto, usted quizás piense que en mi evaluación final haya decidido que los miembros de la comunidad LGBTT tienen la razón sobre los religiosos. Y no es así. Cuando digo que me deshice de prejuicios, mitos y estereotipos, lo hice hacia ambos lados de la ecuación; porque tanto los religiosos como los homosexuales han tenido grandes fallas en comunicar sus argumentos y humildemente pienso que son responsables de la gran confusión que reina en nuestra sociedad sobre el tema.
Soy católica y lo soy muy orgullosamente. Creo en un Dios justo y misericordioso. Y, por eso, no me siento en la presión de tener que elegir en esta controversia entre estar con Dios o con el diablo. Y ese ha sido un problema muy grande de muchos religiosos en este asunto.
Si estás a favor de más derechos para la comunidad homosexual, no estás con Dios, estás del lado del pecado y, por tanto, del diablo. Respetuosamente difiero de ese mensaje, como también rechazo que me citen versículos bíblicos para sostener sus puntos y para decirme que “me vomitará” la tierra por no ser fría ni caliente.
Estoy clara con Dios. Y no creo que la tierra me vomite de ninguna manera, porque ya bastante que me pone a prueba diariamente.
Pero eso no significa que estoy contenta y satisfecha con el discurso de la comunidad LGBTT.
Los amo y los adoro, y tengo grandes y mejores amigos homosexuales a quienes no cambiaría por nada del mundo. Pero tengo problemas con el discurso. Muchos no se han dado cuenta de que su discurso es casi tan excluyente como el que denuncian. Quien no esté a favor de sus luchas también tiene que elegir entre ser calificado como Dios o como diablo. Y tan malo es una cosa como la otra.
A quienes rechazan las luchas de los homosexuales se les llama públicamente “fundamentalistas”. Y yo pienso de verdad que muchos portavoces de la comunidad LGBTT recientemente se han convertido en “fundamentalistas” a la inversa. Si esas son mis alternativas, o Dios o el diablo, están en la misma liga. Y no he visto a muchos gays defender a otros grupos marginados. Como dije una vez en otra columna, es bien probable que un gay se burle de un negro o de un gordo, pero que no se atreva un negro o un gordo burlarse de un gay.
No me da la gana de elegir entre una cosa o la otra exclusivamente a base de una competencia entre quién tiene el discurso menos abierto a otras opiniones. Creo que el discurso, de parte y parte, sería más eficaz si estuviera predicado sobre el amor y el respeto, al ser humano y a las diferencias. Algo como “Let’s agree to disagree” y seguimos todos pa’lante.
Y por favor, sobre el discurso de la tolerancia, vamos a coger la palabrita y echémosla al zafacón. La palabra ya viene cargada de prejuicio y parte de la premisa de que el otro es inferior a mí y lo sé, pero no tengo más remedio que vivir con eso. Me perdonan, pero no hace sentido. Yo no ando diciéndoles a mis amigos heterosexuales que los tolero. Pues tampoco a los homosexuales. Para querer que sean parte de mi vida porque le agregan valor, solo tengo que amarlos. Y esa es la aspiración máxima de cada ser humano, el amor.
Es de la diversidad de opiniones que se nutre una sociedad. Pero esa sociedad no puede pasársela buscando palabritas para esconder sus prejuicios o para ocultar la verdad de lo que piensan, porque de lo contrario somos solo un “bonche” de hipócritas.
Tolerar no es amar.