“Vivir sin aire”

Por Natasha Sagardía @NatashaSagardia

18 abr 2013, 11:00 pm 2 min de lectura

Soy una adicta al tiempo. Por eso, me entrego a él cada segundo. Alguien dijo una vez: “La vida no se mide con la cantidad de respiraciones, sino con la cantidad de veces que nos falta el aire”. Cuando lo leí, pensé: “Otro cliché”, y automáticamente opté por quitarle mérito a la frase, como siempre suelo hacer cuando algún concepto me parece rebuscado, exigido o forzado. Sin embargo, quedó grabado en mi subconsciente y caló profundo. Hoy se cuela en mi cabeza haciéndome reflexionar sobre esos momentos en mi vida en los que simplemente el tiempo se detuvo para mí.   Como absorta en un trance, abro mis álbumes de fotos y empiezo a buscar esos momentos en los que me ha faltado la respiración; cuando algún suceso fue lo suficientemente fuerte como para detener el reloj convencional y me hizo, abruptamente, ser parte del choque con el instante. Encuentro esta foto, me veo suspendida en el aire, saltando de una piedra al mar hawaiano, gritando de ancestral placer.  Es esa expresión efímera de vivir la emoción sin límites, sin prejuicios, sin condiciones. En ese momento, tan profundo como simple, la cabeza no tiene tiempo de pensar, solo de vivir. Lo recuerdo y lo recordaré siempre. En ese preciso instante, me reconocí sin respiración y me encontré apasionada por mi tiempo. Me pregunto: “¿En qué momento exacto me faltó el aire?”.  Juego con la primera hipótesis. Fue exactamente justo antes de saltar, cuando no sabía cómo iba a caer y mi corazón latía en mi cabeza. Es una gran posibilidad, pero normalmente ahí es cuando cojo aire.  Mi segunda alternativa fue durante la caída, mientras iba desafiando la gravedad. Se cae tan rápidamente, pues, al estar en el momento de mayor tensión, estoy más conectada que nunca y necesito oxígeno. Reviso la última. Cuando choqué con el agua, experimentando el shock de cambio. Para ese entonces, la incertidumbre del salto se concluyó; lo inesperado fue simplemente una ilusión; no hay razón para perder la respiración. Un poco defraudada de mi propia observación, vuelvo a mirar la foto como espectadora y me doy cuenta de que es exactamente eso lo que me quita el aire. Mirarme desde afuera, desde la distancia. Ponerse en perspectiva es una buena receta  para encontrarse  y entender que todo el tiempo estamos brincando desde alguna piedra. Que atreverse genera miedo y se repite, porque casi todos los días jugamos con la gravedad. Lo desconocido siempre causa temor; es salir de la zona de confort. Pero que es especial retar el miedo, perder el oxígeno y quedar congelado en ese momento, en el instante del intento, cuando el primer paso se dio y el último no se puede ver… Es lo que nos permite cambiar, crecer. La maravilla de la vida. No se pierde el aire en el intento, solo se pierde cuando nos atrevemos a vernos haciéndolo.