Viernes de psiquiatría
Advierto que soy alguito rebelde, pero no me considero una total antisocial. Llevo mi vida con bastante normalidad, pero admito que nací defectuosa de fábrica para un par de cosas de las cuales la gente disfruta mucho, a saber: el shopping y las compras navideñas. Y usted dirá: “Ah, bueno, muérete nena”. No lo culpo. Yo también he pensado que no soy normal, pero cada vez que lo pienso, me convenzo más de que mis fobias no son resultado de malos sentimientos o de tacañería. Al contrario, no porque yo lo diga, pero creo que tengo buen corazón y siento que hasta algo desprendida soy. Pero si usted quiere que yo me ponga de mal humor o que se me ponga la nariz verde, como dicen mis padres, invíteme al shopping, o a ver ventas especiales de cosas que no necesito. Mi esposo dice que camino con los codos, excepto cuando quiero ir a cenar o a compartir con amigos. Y es verdad. Ahí nunca pongo peros y me encanta darme mis gustos. Ahí converso, hablo de la vida, de la circunstancia que me rodea a mí y a los míos, me doy el vinito del despoje, dejo el estrés a un lado —blackberry on the side, eso sí—, pero tengo la vida ahí, sin límites. Y me encanta. Invitar a amigos a casa, ni se diga, es un placer y tampoco ando con miramientos. La cosa es compartir y ser feliz. Pero el mall me da infelicidad. No lo quiero, me desagrada. La única analogía en la que puedo pensar es el hospital. Sí, esa estructura enorme a la que solo vas cuando estrictamente lo necesitas, por obligación, en medio de un dolor o contrariedad. Hay veces que voy al mall y me paran para preguntarme dónde queda tal tienda y yo…. bahhh, si no está al lado de un restaurante, la verdad que no tengo ni idea. Pierde su tiempo, querido perdido. Cuando finalmente paso el sacrificio de llegar hasta el mall, voy con una clara idea de qué necesito y en qué tienda específica. ¿Window shopping y yo? ¡Tendrían que medicarme! Por eso, cuando veo la loquera infernal que se apodera de nosotros en el llamado black friday, siento una mezcla de emociones. Y pienso que mucha gente necesita amanecerse, sí, para ahorrarse unos pesitos en sus compras navideñas. Eso yo lo comprendo. Pero para ahorrarme 30, 40 pesos o hasta 100 pesos, mejor dejo de comerme cinco combos agrandados al mes, le sumo un par de paseítos por “la piquiña”, dos cajetillas menos de cigarrillos y un par de frías menos… Esta semana vi en un noticiero al gerente de una tienda de un mall parado en una banqueta de madrugada gritando: “En-tra-mos en gru-pos y en or-den”. Lo espetó hasta en sílabas para asegurarse de que la gente entendía. I-LU-SO. Treinta segundos más tarde la jauría entró sin or-den y rom-pien-do cris-ta-les. Y sí, entre medio de la multitud había menores de edad que juro que no caminaban por sus propios pies, sino que iban desplazándose, arrastrados por la multitud. No me quiero imaginar la guerra en el parking en esas ventas del madrugador. ¡Quién llegó primero; yo puse la señal primero! Y después, ja, ¡la clásica! De regreso al parking te das con una buena cantidad de carros que te persiguen como Freddy Krueger, dizque sigilosamente, pero ahí, detrás, con señal puesta, esperando que consigas el carro que ya ni te acuerdas dónde estacionaste y que por favor descargues lo que te tomó tres horas comprar, en tres minutos. Los 30, 40 o hasta los 100 pesos que me ahorraría no justifican mis horas de sueño perdidas, que ya de por sí son limitadas; no justifican los chinos que cogería en la fila ni los empujones porque “yo vi el último Play Station antes que tú”, ni las caídas al piso, ni la hora y media en la fila de pagar. Detesto la histeria de las fiestas. Llámenme grinch. A mí no me cogen.