El trapo e’ bola
El Día de Reyes en Puerto Rico siempre ha sido especial. No solo porque no se celebra en todos lados, sino porque también nos suma unos cuantos días al calendario fiestero que ya nos caracteriza. Y después de agradecer a Melchor, Gaspar y Baltasar, nos llega San Sebastián, para agregarnos unos cuantos días más de party isleño y, entonces sí, convertir a Puerto Rico en el lugar de las Navidades más largas en el mundo. El Gobierno siempre ha organizado actividades alrededor del Día de Reyes para el disfrute de los niños y para el alivio de los padres que a veces no han tenido los recursos para comprarle ese regalito extra al nene. También están los padres que quizás ya han comprado de todo, pero que seducidos por la otra gran característica boricua, el cacheteo, van a buscar más y más, o simplemente a novelerear. Por años vi esa actividad del Gobierno como una cosa lo más mona. Eso de abrir los portones de La Fortaleza y obtener de las manos de nada más y nada menos que del gobernador y la primera dama esa muñequita, ese avioncito, lo que fuera, era un acto simpático, de mucha ilusión, y una buena alternativa de relaciones públicas para la administración de turno. Pero esa magia se fue perdiendo y, pensándolo bien, esa logística tenía que ser un verdadero dolor de cabeza para los organizadores, y a veces, sin exagerar, un peligro social, porque la gente en su afrentamiento llegaba de madrugada a hacer fila, para asegurarse cualquier cosa, y no dejaba a su niño en un lugar seguro, noooo, se lo llevaba consigo a pasar sabrá Dios qué vicisitud. Recordemos que un niño murió una vez en una de esas filas. Así que el evento fue evolucionando y de varias maneras muy inteligentes. En alguna ocasión reciente, comenzaron a regalar, además de los juguetes tradicionales, libros y materiales para el arte, por eso de aprovechar y despertar entre los niños otros pensamientos, estimular las ideas y combatir el sedentarismo. Y recuerdo que una vez le pregunté a un padre si estaba satisfecho y me dijo que hacer aquella fila larga y con ese calor para que le dieran una acuarela no había valido la pena. Y me lo dijo frente a la primera dama mientras yo me moría de la vergüenza y me preguntaba por dentro: “¿Quién lo manda? ¿Quién lo obligó? ¿Por qué es tan malagradecido?”. Pero así somos. Así que el pasado Día de Reyes una mujer saltó a la fama al decir en un noticiero que no había valido la pena el viaje a Caguas, con la nena enferma, por “un trapo e’ bola”. Si usted me pregunta a mí, señora, definitivamente que el viaje no valió la pena, pero no solo por “el trapo e’ bola”. No hubiera valido la pena ni por un iPhone 5, máxime si la nena estaba enferma. Y si supieran que no fue tanto el comentario de la mujer, sino la reacción colectiva contra ella, lo que me llamó más la atención. Como si el resto de nosotros fuéramos en gran mayoría gente agradecida, que nos hubiéramos marchado contentitos y brincando, aunque solo nos hubieran regalado un trompo. Con lo que nos gusta criticar, no me creo muy genuina esa reacción condenatoria a la señora, cuyo nombre no menciono porque da la mismo si se llama Juana o María. Dijo lo que muchos dijeron. Solo que ella lo dijo al aire y quedó retratada para la posteridad y para su desgracia, como mujer símbolo de la ingratitud y el malagradecimiento. Si en esas fiestas de Día de Reyes se pudiera regalar sinceridad, agradecimiento, tolerancia y sentido común, no estoy muy segura de cuánta gente haría la fila.