San-Se-Jo#!@*

Por Dennise Y. Pérez @denniseypr

12 abr 2013, 11:00 pm 4 min de lectura

Las Fiestas de la Calle San Sebastián son la manifestación máxima de la joda puertorriqueña. Los boricuas soñamos con ellas y hablamos de ese período como la gran culminación de nuestra temporada navideña. Hay quienes como yo, por alegría o procrastinación, esperamos a que pasen las fiestas para quitar los arbolitos y las guirnaldas. Hasta ese momento, Puerto Rico vive como una especie de pausa colectiva: nos queremos todos; bajan los asesinatos; los delitos tipo 1, 2, 3, 4 y 5; no se reportan masacres; nos deseamos felicidades, y nos damos besitos fraternales hasta con desconocidos. Es la magia de las Navidades más largas del mundo. Pero este año como que nos volvimos locos. No sé si es que después del período electoral, nos quedaron muchas furias internas o corajitos no canalizados, pero a juzgar por todo lo ocurrido en las Fiestas de la Calle este año como que decidimos que esta vez nos íbamos en grande en el al garete y el descontrol. Desde el primer día, fue obvio que las fiestas iban a estar “empaquetás”. Y desde el primer día, hubo señales de que esa vez se iban a salir de control. Y si bien es cierto que las estructuras gubernamentales tienen la responsabilidad de garantizar el orden, no puedo entender  a quienes pretenden colocar toda la responsabilidad de ese lado. Las Fiestas de la Calle San Sebastián no son peregrinaciones de fieles cristianos a los templos, como tampoco son excursiones de enriquecimiento cultural ni reuniones de juntas de padres y maestros. Seamos realistas. Son la conglomeración de gente en busca de diversión; otros en busca de joda en el buen sentido de la palabra, y otros en busca del degenere. Y cuando todo eso se junta en una esquina de una pequeña isleta antigua y adoquinada, no espere orden, paz y amor. Si espera eso, entonces tiene la incorrecta  percepción de que todos somos civilizados y responsables. Las Fiestas de la Calle se degeneraron con los años porque se tornaron más flexibles y más permisivas con cada edición. Tanta campaña y tanta cosa y nunca he visto a un oficial del orden público intervenir con los negocios que les venden alcohol a menores. Y no hablo de menores de 16 o 17 años, hablo de menores de 13 y 14 años, evidentes menores, de esos a los que todavía no les ha salido un pelo y seguramente andan escapaos y compran y adquieren al garete, porque hacernos de la vista larga nos ahorra tiempo y nos da ganancias. Cada año, la ciudad de Nueva Orleans recibe para su famoso Mardi Gras —epítome de la joda, los collares y guindalejos y de enseñar las boobies, sin que se te caiga la cara de vergüenza—, a un millón de turistas, y los acomoda en la famosa calle Bourbon, del llamado French Quarter, donde se dificulta la caminata casi tanto como el encuentro con gente sobria. ¿Cantidad de muertos? Cero. ¿Estadísticas de vandalismo? Ninguna. ¿Menores en la calle después de las 11 p.m.? Cero. ¿Basura acumulada cuando sale el sol? No way. No digo que en Nueva Orleans lo hacen mejor. Digo que aquí la actitud no es la mejor. Eso de montarte en la guagua de la AMA y romperlas y vandalizarlas no es de gente borracha; es de gente tonta e irresponsable. Y con la cara que en las noticias salen diciendo: “Loco, ¿y la AMA tiene seguro?”. ¿Qué, quéeeee? O sea, rompe, rompe, que otro paga. El caos y el desastre, en las Fiestas de la Calle como en el resto del año, lo provocan los menos, pero eso no despeja la mala imagen que queda de todos. Insisto, no es el Gobierno, es la gente, individualmente, la que puede hacer la diferencia. Destrozar las guaguas de la AMA no está bien; orinarse en las esquinas del Viejo San Juan no está bien; beber hasta quedar inconsciente en una cuneta, como demostró a saciedad nuestro querido Facebook, no está bien. Y tengo que insistir en los menores, aclarando que no pretendo criminalizarlos. El perfil de las fiestas va cambiando desde hace años. Ya no son jóvenes o adultos de party en una fiesta tradicional de pueblo. Ahora participan literalmente niños, niños con ganas de actuar como grandes. Y a eso súmeles a los grandes que actúan como niños y pues, San-Se-Jo%$^&.