Precaución: aprendiz
La mayoría de la gente que conozco ha esperado con ansias locas llegar a los 16 años para sacar su licencia de conducir. Llegan los 16; empieza la locura hormonal; la testosterona rompe el techo; tengo que crecer, tengo que guiar y tengo que echármelas ante mis compañeros de que ya soy grande. Al pasar el examen para la licencia de aprendizaje, la gente se encarga de que todos se enteren. Es un nuevo estatus que adquiere tu vida, el equivalente casi a graduarte de la universidad. Andas en una nube y cuentas los días para que pasen los tres meses cuando no necesites manejar con nadie al lado y dejar de estar desplacao. En ese período de los 90 días, muchos se van a practicar con expertos, otros con los papás o con algún otro adulto de experiencia comprobada, en el estacionamiento de un centro comercial o en el área de examen, de noche, cuando no perturbes a nadie. Todo por sacar “la buena”. Confieso que me colgué una vez en la de aprendizaje —secreto que hasta el día de hoy le pedí a mi madre que me guardara— (Mami, eres una divina, gracias, quedas liberada. Ya no tienes que decir que no pasé el examen del oftalmólogo). Me puse nerviosa. Tenía unas notas brutales en la escuela, pero no pude pasar el examen de aprendizaje. No lo pasé ni porque mi tía era supervisora en la agencia (cosa, titi, que aún resiento un poco, déjame decirte. Me serviste de nada en ese momento; eso no lo hace). Una vergüenza mayor. Cuando al fin pasé el examen de aprendizaje, mi madre me dio a elegir entre coger clases prácticas en una escuela de conducir o enseñarme ella. Y me tomó segundos decidir. Nada más imaginarme que iba a ser una de esas que anda en la calle con el carro rotulado con el nombre de la escuela y que en el búmper dijera “Precaución: aprendiz” me daba casi tanta vergüenza como colgarme en el examen de los escoges. Así que le dije a mami que me enseñara. Problema # 1: No me enseñaría en un parking de un centro comercial. Problema # 2: Tendría cero contacto con otros vehículos, por lo que esquivaría solo cabras y pollos, pero no carros. Problema # 3: Me enseñaría a guiar en mi vecindario. Problema # 4: Mi vecindario era un campo con piedras, con unas cuestas interesantes y un terreno cuestionable. Así que ¿guess what? Llegué al examen práctico, de madrugada —cosa que debe haber influido en mi cerebro de persona no mañanera—, me monté en el carro y me volví a colgar. Nunca practiqué con conitos, ni con líneas amarillas, ni con banderines. Entonces, caí en cuenta de que tenía que dejar a un lado la vergüenza de que la gente me viera en el carrito de la escuela de conducir. ¡Confiesen todos! Cada vez que ven uno de esos les da risa, se tripean al que va al volante, le tocan bocina para asustarlo, se imaginan al instructor con la mano en la emergencia y el pie en el segundo freno, aceleran, chillan gomas, ¡un papelón! Pero me vestí de paciencia y fui al Eugenia’s Driving School más cercano. Y lo pasé. Y casi 20 años más tarde, me pregunto cómo es posible que no siempre guardo distancia; cómo es que no siempre doy paso; cómo es que no siempre pongo la señal para cambiarme de carril; cómo es que excedo el límite de velocidad sin mucho cargo de conciencia; cómo es que logro semejantes producciones en mi rostro al maquillarme mientras conduzco sin sacarme un ojo; cómo es que hago una comida completa al volante. En fin, cómo es que no me he matado. No importa dónde aprendimos a guiar, o quién nos enseñó, esa es la realidad de prácticamente el 100 % de la gente que conozco. Nadie, a menos que tenga chofer, puede dar un sermón de lo puritano y cumplidor que es en la calle. Por lo menos, nunca me ha dado con sacarle el dedo a nadie, aunque en mi cabeza le esté sacando tres teniendo solo dos manos. Las reglas de cortesía a la hora de conducir no tienen que ver ni con tu madre ni con la escuela. Estamos todos locos. Quizás para corregir este problema y que nos dé cierto grado de vergüencita todos los carros deberían venderlos con un letrero grande en el búmper que diga “Precaución: aprendiz”.