“La Padial”

Por Dennise Y. Pérez @denniseypr

12 abr 2013, 11:00 pm 3 min de lectura

Como muchas veces pasa en nuestra Isla, los lugares se ponen de moda cuando hacen un titular. Y por desgracia, cuando ese nombre llega a la radio, la televisión, el periódico, o a nuestros oídos, con demasiada frecuencia es porque algo malo pasó allí. Y “La Padial” llegó a la vida de la mayoría de los puertorriqueños con la historia de horror del publicista José Enrique, cuando empezaron a surgir las supuestas razones de su muerte, o mejor dicho, la supuesta cadena de eventos previos a su muerte, porque de razón, nada. En varias ocasiones he mencionado en este espacio que soy de Caguas. No vivo ahora ahí porque el destino me ha llevado a otros lugares, pero amo a mi Caguas de la infancia, y en el que vive mi familia. Y cuando surgió en los medios el primer titular mencionando “La Padial”, sentí tristeza. El cuadro de la Padial que nos han presentado desde entonces es uno de un sector marginado, sucio, de delincuencia, de drogas y de prostitución. Casi deberían ponerle un letrero que diga “no entre”, “ciao”, “proscrito”, “huya”. Pero la Padial no siempre fue así. Poca gente sabe que hace varias décadas, en esa misma calle que a la gente le apesta hoy, vivía gente de clase alta y media alta. Vivían ingenieros, doctores y empresarios. Hace años atrás, la Padial era literalmente el centro de mayor movimiento económico de Caguas, donde ubicaba la Plaza del Mercado, importantes tiendas de muebles y enseres, supermercados y oficinas médicas, algunas que hoy aún existen. La Padial comparte con la esquina Ruiz Belvis el Museo de Arte de Caguas —sí, de arte— y el Museo del Tabaco, muy bonito y bien puesto, de hecho, fundado para preservar y perpetuar la importancia económica que tuvo esta industria en la región. Cuando era niña, yo pasaba por la Padial todos los días de mi vida porque tenía que atravesarla para llegar al colegio que ubica frente a la Plaza de Recreo de la ciudad, detrás de la catedral. Y durante una época, iba con papi todos los sábados a la Padial, cuando lo acompañaba junto con mis hermanas a que cogiera sus clases para terminar el cuarto año en la Biblioteca Municipal. Allí, mientras papi estudiaba, mis hermanas y yo nos escapábamos al colmado Las Delicias a comprarle rellenos de papa a don Pedro Rodríguez, un señor flaco y simpático que mientras nos daba el relleno destapaba una Schaeffer para otro cliente, a las 9 de la mañana. Entiendo que la gente mire hoy hacia la Padial a la luz de los acontecimientos relacionados con José Enrique. Al fin y al cabo yo desconozco miles de rincones de Puerto Rico y prefiero no conocerlos porque hayan sido el foco de algo negativo. Pero mucho me temo que estamos mirando a “La Padial” del mismo modo que miramos la muerte de José Enrique. Sé que esta muerte trágica de verdad nos conmovió y no lo cuestiono. Somos gente buena y morir quemado y a tubazos tiene que despertar la sensibilidad del más monstruoso de los seres humanos.  Pero la muerte de José Enrique y la realidad que hoy en día se vive en la Padial necesita un poco más de nosotros como pueblo.  Necesitamos mucho más compromiso, más análisis. Necesitamos sentarnos a pensar cómo podemos cambiar la tragedia que estamos viviendo hoy con acciones concretas. Profundizar en qué estamos haciendo y cómo cada uno contribuye a la violencia que se vive hoy día. Porque todos, en mayor o menor grado, contribuimos. Desde que las redes sociales existen somos todos expertos en manifestar nuestras emociones, nuestras quejas y nuestras preocupaciones. Pero para resolver el problema del crimen y la Padial necesitamos tener una conciencia a prueba de sensibilidades temporeras. Mientras no nos salgamos del .com, “La Padial” seguirá degenerándose y “Todos somos José Enrique” será solo un eslogan temporero más… hasta que maten al próximo.