Non-birthday, please
Cumplir años está cool. Que te los celebren cantando sobre un postre en un restaurante, not so much. Que llegue el día de mi cumpleaños está en mi lista de ilusiones. Salvo en contadas ocasiones, en que los prejuicios sin sentido y los estudios científicos sobre la edad y el colágeno me han puesto nerviosa, cumplir me encanta. No solo es saberte vivo, sino que en una existencia productiva y relativamente sana es como la celebración de que la vida te sonríe y de que, aunque a veces también te joroba, está ahí, lista para continuar y lista para que te aproveches de ella. ¡Buenísimo! Por eso, me encanta celebrar los cumpleaños. Y, como mi segundo-casi-primer-pasatiempo es comer, casi siempre los celebro comiendo. Pero en un momento de esa especial celebración con comida, bastante hacia el final, irremediablemente me entra una especie de terrorcito que no tiene que ver con la cuenta. Le tengo miedo al pedazo de bizcocho con velita y whipped cream que te traen cantando bien desafinadamente los meseros. Son unos meseros que deben ser personalmente bien buenos y nobles, pero que están hartos de tener que salir en filita y con panderetas a cantarle a un total extraño, cuando llevan todo el día fajándose por el salario mínimo y la propina opcional que nadie calcula bien ni con aplicación de smartphone. (La cuenta puede ser de cuanto sea, pero ver a la gente calculando la propina con un iPhone no tiene precio. Es como tengo que estar a la moda con mi aparatito inteligente, sacrifico al mesero…). Yo les veo las caras a los meseros antes de comenzar la función y lo confirmo. Se buscan entre ellos, les suplican a los colegas que los acompañen, cantan “Happy birthday” en ambos idiomas, versión completa, en treinta segundos, casi versión perico ripeao… ¡Es obvio que lo odian! Y los comprendo. Pero mi cara, mi cara es la peor imagen para tener de frente cuando la que cumple soy yo. Todo el que me conoce, máxime si está sentado conmigo en una celebración de cumpleaños, sabe que lo detesto. He querido hacer pactos secretos con mis amigos previo a salir a celebrar, pero, lamentablemente, hacerme la maldad y disfrutar el gesto de horror siempre termina para ellos siendo más divertido. Es de las pocas veces en el año en que recuerdo que soy por naturaleza tímida. (Sip, tengo algo de eso). Quisiera que me tragara la tierra o tener una bolsa Glad en la cara. Es como que todo el mundo te mira a la vez y te desea bien o te tripea por el solo hecho de haber nacido. Cuando era más jovencita, no pensaba en el colágeno y fumar en establecimientos era aún legal. Siempre que llegábamos a un restaurante —como simple comensal, no como cumpleañero—, quien nos atendía nos preguntaba: “¿Smoking or non?”. Yo siempre contestaba: “Non-birthday”, y me miraban extraño. Estar sentado tranquilamente y que te interrumpan un momento de paz para cantarte “Happy birthday” a alguien en un restaurante, a regañadientes y por cumplir, debería ser tipificado y considerado como un “ruido innecesario”. Y si hay mariachi involucrado, oh, Dios, el deseo de que se trague la trompeta…