¡Macho time!

Por Dennise Y. Pérez @denniseypr

12 abr 2013, 11:00 pm 3 min de lectura

A Macho Camacho lo tirotearon en las afueras de “El Azuquita” en Bayamón y como que la gente despertó a la terrible realidad del crimen en Puerto Rico; de la noche a la mañana todo el mundo se convirtió en analista social y hemos propuesto una cumbre social para manejar con seriedad el asunto de las drogas, el crimen y la seguridad… Ehhh, NOTTTTT! Cuando “rompió” la noticia sobre los balazos contra Macho Camacho, nos volvimos todos locos, nos superó el morbo y la prisa por la primicia noticiosa se apoderó de la mayoría de los medios de comunicación. No me atrevo a echarles la culpa. No soy una experta en Macho Camacho, ni mucho menos, y si me preguntan cuántas peleas ganó o cuántas veces fue campeón, yo no le voy a saber decir. No llevo ni ese ni otro score deportivo. Mi recuerdo de Macho Camacho es el de un boxeador súper rápido, que se montaba en el ring bailando al ritmo de cualquier cosa y que aparecía en los programas de Carmen Jovet y Pedro Zervigón, con un ricito en la frente seguramente despintado con agua oxigenada, vestido con plumas de indio anglosajón y hablando trabado. Yo era una niña. No sabía para ese entonces que ese hablar trabado era una manifestación de la circunstancia de cientos de miles de otros, la de un niuyorrican tratando de hacerse entender en el lugar que de verdad consideraba su patria. Para ese tiempo, mi madre cursaba estudios universitarios y yo le robé por unos días La guaracha del Macho Camacho. Naturalmente, no entendí nada. Era muy sofisticado para mi edad y solo recuerdo las malas palabras que Luis Rafael Sánchez se permitió deliciosamente escribir. Es interesante, pero casi me atrevo a apostar a que la mayoría de los puertorriqueños conocimos a Macho Camacho en su muerte. Cuando yo empezaba a criticar el manejo de todo lo relacionado con él en términos de medios, pero también en términos de procesos, me di cuenta que casi nadie sabía, por ejemplo, que el “Macho” se llamaba Héctor Camacho Matías, segundo apellido ese muy importante, porque dentro de la novela que se desató tras la muerte, se hizo patentemente claro quién era la madre de esta criatura, una mujer niuyorrican de carácter fuerte a pesar de ser pequeñita, que aún en su dolor sonaba más cuerda y sensata que el resto de la tribu, y que reconoció su muerte a tiempo, pero que dio el espacio para que otros —como sus nietos— asimilaran la tragedia de su hijo. Cuando la gente decía que esa gente no se entendía y hasta un relacionista público cercano decía que “hay que medicar a esta gente que no se ponen de acuerdo”, yo pensaba en doña María Matías. Ella lo dijo en aquella conferencia de prensa surreal en Centro Médico: “Mi hijo vive en el corazón de mucha gente, pero mi hijo murió hace tres días”. Estaba clara doña María. Y luego no quería verlo enterrado en el pedazo de tierra —Puerto Rico— donde fue asesinado. ¡La entiendo! Comenté en las redes para esos días que nadie nos había advertido que la verdadera guaracha del Macho Camacho iba a surgir tras su muerte. Una “guaracha” es una sátira y eso fue exactamente lo que hicimos siempre de la vida del “Macho” Camacho. Lo dije también en las redes: no me cuadró nunca el homenaje que se le pretendía hacer al púgil después de décadas de habérselo tripeado y haberlo pintado como lo más ridículo que había parido barriga de madre. ¿Por qué lo mataron? ¿Qué buscaban? ¿Por qué la disfuncionalidad de su vida? ¿Por qué se vio enredado en el ciclo maldito de las drogas? Nadie se acuerda que ese día también murió su amigo, al instante. Nadie se atreve a adentrarse ahí. Todo el mundo recuerda la gritería, la cafrería, los desmayos fingidos y las gaznatás. Casi pienso que la novela de Luis Rafael Sánchez fue profética, en un sentido. Al “Macho” Camacho le dimos trato artificial, simple y mundano siempre, en la vida y en la muerte.