Ídolos… ¿de quién?

Por Dennise Y. Pérez @denniseypr

12 abr 2013, 11:00 pm 3 min de lectura

Los concursos de talento se han quedado con la televisión desde hace unos años para acá. Como ocurre con los reality shows, son lo que para mi época eran las novelas, ese período de tiempo en el día en que nos transportábamos a otra dimensión y dejábamos de atender el teléfono, el marido y los hijos para meternos en esa necesaria horita de falsa ilusión. Tienen su magia estos shows. Son verdaderas novelas que inician con las audiciones y terminan, o no, con una exitosa carrera musical. En casi todos los casos, los cuentos son tipo cenicienta. Una chica o un chico con un trasfondo humilde, con una perseverancia importante y con una familia que le pide a Dios que esta oportunidad sea el golpe de gracia para su hijo, para que desarrolle sus talentos, sea una figura importante y, de paso, salga de su ordinariez a una vida de más recursos económicos. Y no hay nada de malo con eso. Al menos cuando ya son grandecitos, uno les nota un hambre muy importante de lograr sus sueños. Igual que nos pasa a todos los non-idols en la vida. Se llega a la meta y se trabaja para permanecer en el tope, cumpliendo con las responsabilidades, enfrentando con madurez los tropiezos y con buen aire los triunfos. Pero algo pasa en esa carrera de la vida del nuevo “ídolo”, que en demasiadas ocasiones pierde el brillo, su fama se desvanece y la magia termina, con bastante rapidez. Si nos ponemos a hacer memoria sobre qué ha pasado con mucho de los ganadores de estos concursos, tenemos que concluir que muy pocos han logrado mantenerse en ese sitial de “ídolos”. Es más, salvo varias excepciones, yo no me acuerdo ni de sus nombres.  Estoy segura de que ustedes tampoco. Y es que en esta sociedad moderna somos un bonche de sensacionalistas que no tenemos reparo en otorgar condecoraciones y honores de manera liviana y llevamos ya una buena cantidad de años entregando títulos de ídolos y estrellas a través de un voto online o vía mensaje de texto. Esa carrera veloz, que comienza cuando te aceptan en este tipo de concurso, rompe obligatoriamente la cadena natural de formación del ser humano y el profesional. En la vida todo es un proceso y del mismo modo que usted no llegó a ser contable ni médico en un curso intensivo auspiciado por un canal de televisión, tampoco es posible convertirse en J-Lo de la noche a la mañana. Ni siquiera quiero hablar de los ídolos pequeños en detalle porque no me quiero enemistar con sus padres. Valga decir, eso sí, que cuando el público se queja del maltrato en la producción del concurso, yo me veo más bien dándole por la cabeza con un marrón al padre responsable de haber colocado a esa criatura en semejante situación. Hace poco escuché a una nena de 8 años con falda corta y toda pintorreteada, cantando a todo pulmón, que estaba “sola otra vez y sin amor”. A su corta edad, ya la metimos en la novela de la vida. A los 15 no me quiero imaginar. En esos casos yo me pregunto si quien quiere saltar a la fama es el niño o el padre. No soy quién para juzgar y no tengo nada en contra de estos espectáculos, que son entretenidos y nos sacan de las realidades cotidianas. Nada más hay que entrar a las redes sociales mientras el show está en vivo para notar que está todo el mundo ‘pegao’  —yo incluida— al nuevo capítulo de la novela moderna. El espectáculo tiene que llamarles “ídolos” para alimentar nuestro sensacionalismo.  Pero cuando apaguemos el televisor y termine el concurso, piense en esa persona como un talentoso más. Deséele éxito, pero no se haga de muchas ilusiones.