E-mail a una “gorda”
Ya concluido el período navideño —si es que eso ocurre en esta isla—, se empieza a escuchar a un montón de gente decir que comienzan la dieta, que ahora sí, que se acabó el descontrol y que empiezan todos a ir al gimnasio. Lo sé de primera mano. En estas Navidades, me prometí todos los días no volver a comer y hasta le pedí a Dios en silencio que no me pasaran ni más cueritos, ni más pasteles, ni más morcillas por delante, porque mi voluntad es floja y ya me sentía hasta enferma de tanto comer. Y justo cuando estaba en esa pesadilla, me encontré un video en Internet que me impactó. No suelo compartir videos en las redes sociales, pero lo hice porque el mensaje que tenía era uno sumamente poderoso, que me tocaba a nivel personal, pero que de seguro podía servir de inspiración a muchas otras personas. Se trata de la reportera ancla de una afiliada de CBS en La Crosse, Wisconsin, Jennifer Livingston, a quien un televidente le envió un correo electrónico llamándole “irresponsable” y atacándola por no tener la conciencia social de ser un ejemplo para la comunidad, particularmente para la juventud, pero en especial para las niñas. ¿Cuál es el mal ejemplo y la irresponsabilidad? Que la reportera es gorda. Y se lo espetó así en el correo electrónico. La acusó de que con su ejemplo y obesidad incumplía su responsabilidad como figura pública de promover y presentar un estilo de vida saludable. El video corrió como la pólvora en Internet, no tanto por el ataque del televidente, sino por la respuesta de la reportera, que desde ese momento se convirtió en mi ídolo. “La verdad es que estoy sobrepeso. Me puede llamar ‘gorda’ y me puede llamar ‘obesa’ de acuerdo con las tablas médicas. ¿Usted cree que yo no lo sé? ¿O que sus crueles palabras apuntan a algo que yo no veo? Usted no me conoce. Usted no sabe nada de mí. Solo lo que ve por fuera. Y soy mucho más que un número en una balanza”. La crueldad del correo electrónico del televidente me llegó a hacer un taco en la garganta, porque personalmente he batallado por años con el peso —como más del 65 % de la población mundial—, porque en su momento tuve una buena dosis de críticas y de comentarios crueles, hasta de gente cercana, y porque en más de una ocasión lloré de infelicidad por ello. Me tomó mucho tiempo encargarme de empezar a solucionar el asunto, pero sigo pensando y actuando como “gorda”. Es una batalla emocional que no termina con quitarse las libras de encima. No tengo idea de cómo luce físicamente la persona que atacó a la reportera de televisión por su peso. Supongo que debe estar en forma y que debe ser prácticamente un adonis para tomarse el tiempo y la libertad de escribir lo que escribió. Lo cierto es que esa mentalidad no es exclusiva de ese hombre. El prejuicio contra los gordos existe casi en el mismo grado que existe contra los negros, o contra las personas de otras razas, o contra los homosexuales. Y a veces pienso que sus manifestaciones son hasta más crueles, porque no todos se ríen del homosexual, pero casi todos se ríen del gordo. Es como si ese chistecito fuera más aceptable. Manifestaba la reportera en su respuesta al televidente que no le importaba lo que él pensaba de ella. Que más le preocupaba el hecho de que quizás él estaba cultivando sus prejuicios en sus hijos, y que por culpa de ese mal ejemplo, seguramente los había convertido en bullies, de esos que van a la escuela, se ríen y maltratan a quienes son gordos, feos o tienen acné. Los que van criando tienen una responsabilidad enorme de no fomentar los prejuicios en sus niños y de corregir cualquier manifestación de burla hacia la gente que es “diferente” a ellos. De lo contrario, estarán criando individuos que andarán creyéndose superiores a los demás, hiriendo sensibilidades y siendo tan patanes como el televidente de Wisconsin.