Doctor Facebook
A veces me pregunto si Mark Zuckerberg imaginó verdaderamente el impacto que tendría en la historia de la humanidad su juguetito de colegio: Facebook.
No estoy muy segura de que haya sospechado que su juguetito se convertiría en una herramienta de revolución social y hasta en una plataforma para subir y derrotar gobiernos.
Tiendo a pensar que Zuckerberg era más novelero que eso. Al menos a juzgar por la película que él tanto odió- The Social Network- la idea de Facebook surgió luego de que él, siendo un poco nerdito, cogiera tremenda turca cuando su novia universitaria de Harvard lo dompeara y él, no pudiéndolo manejar, le diera con postear una desafortunada entrada en su blog. Eso lo explica todo. ¿O usted no se ha arrepentido alguna vez de los posteos que coloca en medio de varias copas? Yo les llamo “posteos 80 grados prueba”, esos que uno amanece deseando entre aspirinas y variadas técnicas de hidratación veloz que el espíritu destilado no hubiera estado tan cerca de tu smartphone, o alegando en el estatus que te hackearon la cuenta y que me perdones si te ofendí… sí, Pepe.
De seguro Zuckerberg sí sospechó que su juguete sería una herramienta efectiva para ligar nenas o tirarlas al medio en Harvard, o una herramienta para conectarlas, pero no estoy segura de que imaginó que su juguete provocaría reencuentros amorosos a nivel mundial y mucho menos, divorcios. A veces pienso que debe reír a carcajadas cuando lee las historias en los periódicos de cuántos divorcios ha provocado. Yo muero por leer una demanda de divorcio que diga explícitamente “incompatibilidad de caracteres; se la pasaba en Facebook”, o “adulterio; chateaba y tenía sexo cibernético con una ex”. Piense usted en lo denigrante que debe ser admitir ante un honorable juez que se te fastidió el matrimonio por culpa del Zuckerberg este.
Pero hay algo que el juguetito de Zuckerberg nunca tuvo como propósito y casi, casi, lo puedo apostar. Zuckerberg nunca quiso sustituir a su siquiatra, estimado lector. Me negué con relativa firmeza a entrar a Facebook por considerarlo “intrusivo” y ahora soy yo la más presentá. Me levanto a ver los posteos, a reírme de los comentarios, a enterarme de las más recientes incidencias y de lo que comentan los medios, pero confieso, confieso, confieso, que mis favoritos son los comentarios de desahogos, de quejas, de desamor y de chismes.
He dejado de tomármelo muy en serio, eso sí, porque he pasado varias vergüenzas, como activar a toda mi familia porque mi prima- con quien hablo poco pero le conozco la vida y el color de los panties por el juguetito de Zuckerberg- tenía una marcada tendencia suicida, hasta que la conseguí y me dijo “nena, no, que es una canción de Wisín y Yandel”. ¡Ponlo entre comillas, ‘mija, yo aquí trasnochada y rezando por ti!
Facebook es una herramienta de desahogo más allá de los sospechado, no solo por Zuckerberg, ¡por nadie! Habemos más de 800 millones de usuarios, cada uno de nosotros con una vida y con una crisis.
Y volvemos a la prisa de la que les hablé en la columna anterior. No hay tiempo para nada estos días, ni para ir al siquiatra. Así que Facebook, donde la Ley HIPPA es inexistente aunque le pongas la mayor privacidad, está ahí, cerquita, al alcance de la mano y a la vista de todos.
Zuckerberg se las trae. Lo sancionaron en Harvard alegadamente por fisgón. Y ahora tiene acceso a todo lo que le hemos entregado nosotros, voluntariamente, incluso nuestra salud mental. Oh Facebook, Doctor Facebook.