El cliché de cupido
Mañana es Día de San Valentín, del amor y la amistad, y todas esas cosas. Como suena, debería ser uno de los días más rositas del año, cero estrés, solo amor y cariño, pero no es así. San Valentín es como la Navidad. Cuando llega, ya viene con su buena carga de ansiedad y carga emocional, en muchas ocasiones, con una gran expectativa y, en otras, con una extensa etapa de planificación. En los centros comerciales sacan las guirnaldas navideñas y empiezan a colgar corazones por todos lados, para recordarte que por ahí viene la otra clavada del año, justo cuando aún no te has recuperado de la primera. A mí San Valentín casi siempre me cogía pelá. Quizás por ahí viene el estrés que siempre me había representado esa fecha. La verdad es que tuve por años un noviecillo que era BIEN valentine. Se tomaba bien a pecho la fecha y me enviaba unas producciones de regalo a la escuela que yo no sabía ni qué hacer con ellas. En mi casa estaba prohibido tener novio. Así que me pasaba la semana después de San Valentín desmantelando poco a poco la canasta para no llegar con todo a la vez. Primero me llevaba los chocolates, después el peluche, después los corazones, y las flores estaban destinadas a terminar en algún escritorio de alguna maestra, porque esas sí que no las podía justificar en casa. No tenía en qué caerme muerta y por lo mismo de que los novios estaban proscritos en casa —tremendo drama en una familia con tres niñas adolescentes— no podía pedir chavos. Pero siempre he trabajado y me ocupaba de guardar alguito para esa fecha, aunque fuera para comprar un perfume en la farmacia, a escondidas y casi sin poder. Después de ese novio —que ojalá hubiera sido tan fiel como detallista—, estuve bastante tiempo sola y San Valentín me llegaba casi siempre sin novio. ¡Lo mejor del mundo! Ese día, junto a unos cuantos amigos que seguramente están leyendo estas líneas sabiendo que me refiero a ellos, nos íbamos a almorzar y a observar a las parejitas que llegaban al restaurante, ellas todas contentas y muchos de ellos pensando que “esto lo tengo que volver hacer en la noche”. De ahí que mis amigos decían que el almuerzo era para la amante y la cena para la esposa, una generalización con la que no estaba de acuerdo, pero que se me quedó en la conciencia, al punto de que un día como mañana, si no es en grupo, mejor no almuerzo. Luego, el mismo grupo de solteros irreverentes reservábamos en un restaurante cualquiera y nos íbamos en la noche a reírnos de las parejitas que llegaban a cenar, muchas veces ella vestida de rojo y la mayoría de las veces él vestido de paciencia. Y es que la burla y el sarcasmo son la mayoría de las veces mecanismos de defensa de la gente para enfrentarse a lo que tiene y a lo que no. Ese era nuestro caso. No era que le deseáramos mal. Era que de algún modo teníamos que “sobrevivir” a nuestra realidad. Con algunas tristísimas excepciones, los días de San Valentín se me fueron así. Hasta que volví a la faena de cupido cuando conocí a mi esposo, y ahí empecé a estresarme y a pensar en que tenía que regalar y, por qué no, esperar mi regalito. No me puedo quejar. Siempre el paquetito superaba mis expectativas, pero con el tiempo me he relajado más en ese tema y prefiero concentrarme en ser feliz todos los días. Me casé con un chef, así que hace siete años me paso los 14 de febrero recordando a todos los santos menos a San Valentín. La gente no entiende que los chefs también tienen que celebrar, caramba, ¡coman ese día en su casa! Ese día los chefs les cocinan a los enamorados, mientras su amor se hace un sándwich en la casa y lo acompaña con un vinito para no sentirse tan fuera de festividad, ¡joder! Dada esa realidad, ya San Valentín no es una fecha estresante para mí y hasta me gusta que llegue el día. La gente se pone mellow y te reparte chocolates; son hasta nice sin serlo. Sería bueno desprendernos del cliché. ¡Ah! Este año quedamos en que no hay regalos…, pero el chef cocina en casa. ¡YESSSS!