Chicken or lasagña

Por Dennise Y. Pérez @denniseypr

12 abr 2013, 11:00 pm 3 min de lectura

Irse de vacaciones es un proceso mental y físico que comienza desde que compraste el pasaje hasta que te montaste en el avión para llegar a tu destino. Y hace muchos años atrás, esa experiencia del avión era parte de la chulería y hasta del glamur de la tan esperada escapada. Recuerdo con nostalgia la época en que te montabas en el avión y las azafatas y demás personal de la aerolínea te saludaban con un entusiasmo brutal. Te preguntaban si estabas de vacaciones o si viajabas por trabajo, si estabas de camino a tu destino final y qué planes tenías. Y te decían: sweetie. ¡Todos éramos sweeties a bordo! Era la época en que llegabas a tu asiento -que aunque no fuera muy privilegiado o por cercano que estuviera al baño-, siempre tenía una almohadita, una sabanita y unos headphones, ahí quietitos esperabas ser parte de una experiencia relax. Una vez pasado el videíto de seguridad o, en el peor de los casos, la dramatización en persona de la azafata diciéndote cómo ponerte la mascarilla de oxígeno y apuntando a las salidas de emergencia mientras nadie le hace caso, empezaba la parte de ver la película y que te pasaran el carrito con refrescos y comidita, a veces no una, sino dos veces, dependiendo del tiempo de vuelo. ¡Qué tiempos aquellos! Demás está decir que para hablar de este tema tuve que buscar bien adentro en el baúl de mi memoria. Repase cuáles han sido sus más recientes experiencias de viaje y dígame si no tengo razón. Si el cuadro anterior aún es parte de su experiencia de vuelo, entonces, yo estoy mal o usted está viajando en primera. La crisis en la que se han visto involucradas la mayoría de las líneas aéreas a través del mundo, para mí, no tienen mucho sentido. Viajar no es barato. Los pasajes de 99 pesos son cosa bien del pasado y ahora si ves un pasaje más o menos económico tienes que estar pendiente a las letritas pequeñas, porque de seguro te van a cobrar la maleta, el asiento preasignado y la más reciente barbaridad, el espacio para las piernas. ¿Acaso no es lógico que debe haber espacio para las piernas? ¿Entonces, por qué hay que pagarlo extra? Con lo caro que es viajar, las líneas aéreas nos deberían dar más cariñito, no menos. Ahora cuando usted se monta en un avión es hasta raro que le den los buenos días. Olvídese usted de que le digan: sweetie. Hay como un silencio sepulcral entre su entrada al avión y el videíto de seguridad. Y después de eso, cuando finalmente el avión logre la altura requerida, comenzará el “servicio” que no tiene mucho ya ni de ensueño ni de VIP. Los headphones cuestan dos pesos, eso sí, una vez los pague son suyos y los puede volver a usar en su próximo vuelo. Cada vez que dicen esto como la gran cosa, me revienta la bilis. Los pagué; son míos. ¡Claro que me los quedo aunque los bote en el zafacón al salir! Y por favor, la sábana y la almohada, ¿qué es eso? Creo que la última vez que viajé escuché que me ofrecían el set por 9 pesos y de nuevo, tranquila, que se puede quedar con ellos y volverlos a usar. ¿En serio? Y llegamos al carrito que antes veíamos aproximarse hasta con cierta ilusión. Ahora te dan un refresquito, agua o café. ¡Y te miran mal si pides café y un vasito de agua! ¡Osado usted con tanta sed! Hace siglos que nadie me ofrece maní o pretzels. El servicio aéreo es fatal. Y por Dios… cuánto extraño el chicken or lasagna…