Un che en el Vaticano
Cuando el papa Benedicto XVI anunció su retiro, el mundo recibió la noticia con sorpresa, más por la renuncia que porque lo fueran a extrañar. De inmediato surgieron mil especulaciones sobre las razones de su renuncia, desde las más bobas hasta las más torcidas, porque nuestra naturaleza humana parece no reconocer lo sencillo y nos negamos a darle crédito a la versión de “estoy cansado; que venga el próximo”, un acto de desprendimiento que, para mí, fue de lo más valioso que hizo Benedicto, que no era muy comunicativo ni se había distinguido nunca por su charm. Y esas posiciones, sobre todo en los momentos tormentosos por los que atraviesa la Iglesia Católica, requieren de alguien con charm. En eso el papa Juan Pablo II había sido un campeón. Así que entre la personalidad de Benedicto XVI y el contraste con Juan Pablo II, la renuncia era casi hasta agradable. Y al comenzar el proceso de elección de un nuevo papa, muchos albergábamos la esperanza de que se seleccionara a uno diferente, que fuera hispano, asiático o africano. En mi radar pasaron bastante desapercibidas las dos fumatas negras. Estaba almorzando con unas amigas cuando todos los teléfonos comenzaron a recibir las alertas de que había papa. Y volví a repetir: “Si fuera hispano…”. “¡Es argentino!”, gritó una de las compañeras en la mesa y agarramos todas los teléfonos para buscar más información. Estoy casada con un argentino y lo primero que vi en el teléfono fue su mensaje “¡Es Bergoglio!”. Me lo enviaba desde Buenos Aires, donde estaba de visita a su familia. Y un correo electrónico de mi suegra: “¡Somos grandes!”. Argentina es un país especial y el ego de los argentinos es bastante saludable, siempre se ha dicho. En términos generales, la gente estaba feliz; los canales interrumpieron la programación, cambiaron totalmente de giro; salieron ediciones de periódicos inmediatamente; hubo conglomeraciones frente a la catedral de Buenos Aires. Era la celebración de un mundial de fútbol, pero por la elección de un argentino a la cabeza de la Iglesia a la que pertenecen más de mil millones de personas. En el mundo entero se dieron todo tipo de reacciones a la novedad, en su mayoría positivas, sobre todo en América Latina. Pero en Argentina, en medio de la algarabía, surgió un grito de odio y resentimiento también. Bergoglio era pintado por la mayoría como un hombre humilde, de constante contacto con su gente, sobre todo con los pobres, y como alguien que había renunciado a los privilegios que tenía de su posición de cardenal. No tenía chofer, andaba en tren, realizaba misas con frecuencia. Pero también ha sido un crítico muy vocal de las administraciones de los Kirchner, lo que le ganó muchos enemigos en el proceso y unas cuantas implicaciones en participaciones activas dentro de la dictadura militar, por ejemplo. Y lógicamente sacaron a relucir su oposición férrea a los matrimonios del mismo sexo. (I mean, really. Se puede estar a favor o en contra, pero ¿creen que el papa estuviera a favor? Eso sí hubiera sido noticioso). La presidenta reaccionó fríamente y en un breve comunicado dijo que era importante para “América Latina”. No mencionó a “Argentina”. El periódico oficial en su portada publicó “¡Dios mío!” y, en letras menores, “errar es divino”. Estando en Buenos Aires, coincidí con la asunción de Bergoglio como sumo pontífice y viví cómo iba creciendo la emoción entre la gente que se acercaba a la catedral metropolitana para participar en una vigilia previa a la misa oficial. Hasta rabinos había. Causó conmoción cuando se escuchó un mensaje justo antes de comenzar la ceremonia, dirigido a los argentinos, desde Roma. “Cuídense, no se peleen ni se hagan daño… y recen por mí”. El nuevo papa no es un billetito de 100, pero ya ha empezado a dar señales de ser diferente. Improvisa, vuelve locos a la policía del Vaticano, habla con la prensa, no esconde su amor por el fútbol y por su equipo de San Lorenzo, huye de los protocolos, se escapa de los cercos para tocar a la gente. Y los fieles de la Iglesia católica necesitan con urgencia ser tocados. En realidad, el mundo entero necesita ser tocado. Tenemos un che en el Vaticano. Me encanta la idea. Ya me lo puedo imaginar escuchando a Gardel, tomando mate y hablando español. Aquí en Buenos Aires, me parece que la mayoría está contenta por lo mismo, sea o no sea católico. Eso sí, a cada persona que le he puesto la trivia de quién está número 1 en su lista de amores: Messi o el papa, la respuesta es clara e inmediata: Messi.