Baño público

Por Dennise Y. Pérez @denniseypr

13 de abril de 2013 03:00 a. m. hrs 4 min de lectura

Me gustan los nuevos baños públicos, pero mi tendencia a hacerme una película con las pequeñeces de la vida me ponen en una muy ridícula situación cada vez que voy a uno. Ya la mayoría de los baños, a tono con los desarrollos tecnológicos y las exigencias ecológicas, no son los que tienen el inodoro con cadena ni los lavamanos con perilla ni papel marrón para secarse las manos. Que yo recuerde, lo primero que cambió, de hecho, fue eso. De la vieja máquina esa con un rolo que pillaba el papel para secarte las manos cuando más mojadas las tenías, surgió el aparato de aire caliente, que te las seca en un segundo y que, en el caso de las nenas, por lo menos cuando yo estaba en la high, usábamos más para secarnos la pollina. De las manos nos encargábamos con la falda. Luego, llegaron los lavamanos sin perilla, confundiendo un poco a gente como yo, que no sabía si poner las manos arriba, abajo o al lado del grifo para activar el sensor ese que uno nunca sabe por dónde anda y que bota agua antes y después que uno saca las manos. Es como jugar al esconder, pones las manos y se esconde el agua. Escondes las manos y sale el agua. Ahora voy al jabón. O sea, yo puedo comprender que las barras de jabón son un poco inconvenientes. Se resbalan, se caen (oooops), se gastan rápido, hacen un emplaste, y el pegote es difícil de sacar del lavamanos. Pero luego de eliminarlos se inventaron este tipo de dispenser de un jabón tipo foam, de lo más agradable. Y, cuando me acostumbré a él, me volvieron a cambiar la película. Ahora el jabón sale de un tubito de aluminio que parece un instrumento de odontólogo, con un chorrito escaso que sale, otra vez, si tus manos no juegan al esconder con los sensores. Pero mi favorito es el nuevo inodoro. Ya son pocos los baños públicos que tienen la cadena pegadita al tanque, esa misma que los hombres olvidan que existe, o la palanquita esa en la parte trasera que te tienes que asegurar de presionar hasta bien abajo, de modo que baje todo el contenido y no expongas descortésmente al asco al siguiente usuario. (Si estás en otro país, bajar el inodoro puede ser tarea de varios minutos. En Argentina, por ejemplo, el tanque muchas veces está sobre tu cabeza, bien arriba, y la palanca es una especie de pedal que presionas en el piso…, pero todo eso lo descubrí después de varios minutos intensos en que no supe qué hacer con mi vida, en un restaurante porteño, y con gente esperándome en la mesa pensando que me había caído mal la comida). El nuevo inodoro no solo no necesita de tu esfuerzo para bajar su contenido, sino que lee tu esfuerzo en la tarea y se activa de la nada. De repente, en medio de la faena, sientes el “flusheo” y piensas que el inodoro te va a chupar por ahí para abajo y terminarás la travesía en una alcantarilla rodeada de ratas y otros elementos submarinos (guácala). Este nuevo inodoro me confunde. No sé si es que lee la mente y adivina que ya terminaste, o calcula tiempos razonables de uno estar sentado, con lo cual si te quedas leyendo las advertencias de los ridículos carteles que colocan en las paredes detallándote lo que no debes echar en el inodoro y advirtiéndote que si lo haces eres un puerco que no te enseñaron modales en tu casa, puede que sientas el “flusheo” un par de veces. (También están los “Mary was here”, los corazoncitos de “José y Marta”, que han de estar bien enamorados para usar las paredes del baño como bulletin board, y los muy invasivos anuncios que empiezan literalmente a hablarte del próximo concierto en el Choli, mientras te das el susto de tu vida pensando que hay alguien en el baño contigo). A veces me quedo mirando con sospecha la lucecita roja esa pequeña, que también debe ser un sensor, te apunta al centro y flussssssh. ¿Qué lee? ¿A dónde apunta? ¿Cómo sabe? Y si encima te toca todo este drama en un baño de Macarroni Grill, terminas parlando italiano. Me pregunto si esa técnica de aprendizaje está avalada por Rosetta Stone.