“Nada comparado con lo que siento del corazón”: una madre espera frente a los escombros el rescate de su hija de siete años

La familia levantó un refugio improvisado frente al edificio colapsado donde permanece atrapada la menor. A casi dos semanas de los terremotos, aseguran que no abandonarán el lugar hasta recuperarla.

Por Aiola Virella

8 jul, 10:24 am 3 min de lectura
“Nada comparado con lo que siento del corazón”: una madre espera frente a los escombros el rescate de su hija de siete años
Una madre y su familia permanecen en un refugio improvisado frente al edificio donde quedó atrapada su hija de siete años. A casi dos semanas de los terremotos, esperan recuperar su cuerpo para poder despedirse.

LA GUAIRA, Venezuela - La carpa es pequeña. Bajo ella caben apenas unos colchones, algunas sábanas, botellas de agua y las pocas pertenencias que una familia ha podido reunir desde que el terremoto les cambió la vida.

Frente a ellos se levanta una montaña de concreto que hasta el pasado 24 de junio era un edificio de 12 pisos. En la montaña, hay equipos de personas por distintas esquinas removiendo escombros.

Se trata del OPP 22 Caribe Parroquia Caraballeda, edificio que formaba parte de un complejo de vivienda pública desarrollado por el gobierno del extinto Hugo Chávez.

La familia de Diana Morán espera allí. No porque no tenga otro lugar adonde ir, sino porque debajo de esos escombros permanece la razón por la que siguen resistiendo: una niña de siete años y la mujer que la cuidaba.

“Nos hemos organizado poco a poco. Los primeros días dormíamos en el piso. Después nos han ido ayudando con sábanas y otras cosas. Permanecemos acá porque esperamos recuperar el cuerpo de mi nieta y de la señora que la cuidaba”, contó Morán mientras señalaba el edificio donde ambas continúan desaparecidas.

Su hija, madre de la menor, revive una y otra vez la tarde del terremoto.

Trabajaba cerca cuando comenzó el primer movimiento.

“Fue un temblor demasiado fuerte. Vi cómo se movía el piso donde yo trabajaba y caían las copas. Me lancé debajo de una mesa con una compañera. Cuando pude salir vi muchos lugares derrumbados y vine corriendo hacia acá porque lo primero en lo que pensé fue en mi hija”, relató.

Cuando llegó, el edificio ya había colapsado. Desde entonces permanece frente a los escombros.

También lleva heridas físicas provocadas durante esos primeros momentos del desastre. Todos los días recibe curaciones en una misión médica cercana, pero asegura que ninguna lesión se compara con el dolor que carga desde entonces.

“Me han hecho curaciones todos los días... pero eso es nada comparado con lo que siento del corazón”, expresó.

La familia convirtió la acera en un hogar temporal.

El padre de la menor viajó desde el estado Portuguesa al día siguiente del terremoto. Entre todos levantaron un pequeño campamento frente al edificio porque no conciben marcharse sin despedirse de la niña.

“Estamos acá con la esperanza de conseguir a la niña. Ya después que la consigamos, nosotros nos retiramos”, dijo Diana. La abuela de la menor se encontraba en Caracas al momento del doblete sísmico.

Pero la espera también está marcada por la frustración.

Aseguraron que el principal obstáculo para recuperar los cuerpos no es la falta de voluntad de los rescatistas, sino la escasez de maquinaria pesada.

“Hasta ahora nosotros estamos con falta de maquinaria. Necesitamos equipos para cortar las cabillas, plantas eléctricas... Tenemos una sola máquina trabajando. No hay maquinaria pesada que pueda mover las placas”, explicó. Es una queja que se repite en cada esquina de la caótica zona.

Las enormes varillas de acero continúan impidiendo el acceso a las áreas donde presumen que permanecen las víctimas.

El temor aumenta con una eventual demolición del edificio.

“¿Y si vienen para acá y todavía no consigo a mi hija? No”, responde la madre, casi sin permitir que termine la pregunta.

Por eso siguen allí. Cada amanecer comienza bajo la misma carpa. Y cada día que pasa, la familia vuelve a hacer la misma promesa: no abandonar el lugar hasta encontrar a su niña de siete años.