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title: "Columna de Armando Valdés: Piedras en el camino"
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canonical: "https://www.metro.pr/noticias/2016/03/18/columna-de-armando-valdes-piedras-en-el-camino"
section: "Noticias"
author: "Armando Valdés @armandovaldes"
author_url: "https://www.metro.pr/autor/armando-valdes-armandovaldes"
published: "2016-03-18T03:00:00.000Z"
updated: "2022-01-31T19:29:31.482Z"
publisher: "Metro Puerto Rico"
language: "es"
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# Columna de Armando Valdés: Piedras en el camino

_Son muchos los escollos en el andar interminable hacia la justicia. A veces son los propios jueces quienes se convierten en piedras en ese camino. Ese es el…_

Por Armando Valdés @armandovaldes · Noticias · 2016-03-18T03:00:00.000Z

Son muchos los escollos en el andar interminable hacia la justicia. A veces son los propios jueces quienes se convierten en piedras en ese camino. Ese es el caso de Juan Pérez Giménez, quien, irónicamente, cuando el país daba un paso importante con el nombramiento de Maite Oronoz a la presidencia del Tribunal Supremo, decidió retroceder.

Su sentencia, esencialmente inoperante, decretando que en Puerto Rico no aplica el derecho al matrimonio igualitario, es un anacronismo producto de una combinación peligrosa de conservadurismo extremo y obsesión ideológica. Por un lado, pretende imponer su visión retrógrada a una población cuyos derechos ya han sido reconocidos por el Tribunal Supremo de EE. UU. y por el gobierno del Estado Libre Asociado. Por otro, pretende marginar a un sector de nuestra sociedad y desobedecer una decisión del tribunal de mayor jerarquía al que él mismo responde como juez federal, con tal de forzar el issue del estatus político de la isla.

Sí, así como lo oye: este juez estaba dispuesto a negarles derechos a nuestros conciudadanos con tal de adelantar su causa política. Y para quienes, en lo que respecta el tema de la comunidad LGBTT, puedan estar de acuerdo con Pérez Giménez, piense  que igual que le sucede ahora a los homosexuales y lesbianas, podría ocurrírsele a este señor decir que usted no está protegido por los derechos de libertad de expresión y culto, con tal de obligar al sistema judicial y político norteamericano a concedernos la estadidad.

Es por ello que siento necesario repasar, a continuación, partes de una columna que publiqué hace cerca de un año en este rotativo, con tal de recordarles a quienes se alegran por esta nefasta decisión, y al propio juez, lo que verdaderamente significa vivir en una democracia.

La discusión sobre el matrimonio de personas del mismo sexo en Puerto Rico ha revelado la poca comprensión que se tiene en nuestro país sobre la democracia. Dicho concepto abarca mucho más que meramente la toma de decisiones sobre la cuestión pública a base de la voluntad de la mayoría.

Cuando hablamos de este sistema político en su conceptualización moderna, realmente nos referimos a lo que se conoce como una democracia liberal. Un esquema en el que el pueblo elige a su gobierno, pero este, y aún las mayorías, están limitados —usualmente por una Constitución escrita— que circunscribe el poder público para garantizarle sus derechos inalienables e innatos al ciudadano privado.

Este sistema procura evitar lo que John Adams y Alexis de Tocqueville llamaron la “tiranía de la mayoría”. Y es que permitir que el voto directo del pueblo se pueda usar para limitar el derecho de solo un ciudadano —que sea inocente de delito— a llevar su vida como entienda justo, es un agravio de marca mayor. Hay derechos y libertades del individuo que están, o deben estar, por su naturaleza, fuera del alcance de la reglamentación o intromisión pública, aún si pueda ser la voluntad expresa del 99 % de un pueblo.

La esclavitud, para poner un ejemplo, probablemente habría sido avalada por una mayoría de los sureños en EE. UU. previo a la guerra civil. En Puerto Rico, podría haber sido similar la opinión pública antes del 1873, toda vez que los esclavos eran una minoría de apenas 5 % del total de los habitantes de nuestra isla. En Arabia Saudita, donde el 44 % de la población es femenino, es también probable que el electorado avalaría continuar el régimen de derechos severamente limitados que en la actualidad oprime a la mujer.

Es por ello que los derechos del individuo no pueden estar sujetos a los caprichos de un juez ni de mayoría alguna. Las libertades de expresión, de culto y asociación, a la privacidad y la intimidad, a la vida y a la búsqueda de la felicidad —se encuentre casándose con un hombre o con una mujer— no pueden estar supeditadas.

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