Columna de Mariliana Torres: Líneas rojas
Vamos a la prisa. Nunca tenemos tiempo para sentarnos a leer un buen libro y mucho menos analizar las noticias y situaciones que agobian o retan al…
Por Mariliana Torres @MarilianaTorres
Vamos a la prisa. Nunca tenemos tiempo para sentarnos a leer un buen libro y mucho menos analizar las noticias y situaciones que agobian o retan al puertorriqueño. Esa brevedad de la vida está afectando el intelecto y la responsabilidad subconsciente que cada persona debería sentir por mejorar la calidad de vida. Ante una sociedad breve, el periodismo no debería promover crónicas, reportajes, fotografías, artículos que no aporten a la educación. Los lenguajes que incitan al entretenimiento y al espectáculo de la noticia embrutecen y le restan mérito a lo que realmente es importante.
Existe la percepción de que la prensa ha degradado su agenda informativa abordando temas en los que predominan el escándalo y el chisme. Esa pérdida de calidad se ha convertido en un virus que arropa a los medios de comunicación. Esos usos de la información como espectáculo y chisme llegan a una cantidad mayor de público debido al crecimiento de los usos tecnológicos de la Internet que permiten la integración de plataformas de difusión masiva para llamar la atención en las redes sociales y acceder a fuentes informativas livianas que con solo un “me gusta” se posicionan como medios creíbles.
Tomemos un ejemplo. Los incidentes violentos a raíz del discurso discriminatorio y ofensivo del precandidato republicano a la presidencia de Estados Unidos, Donald Trump, rompen la estructura habitual de los noticiarios y centran su atención en las reyertas en lugar del mensaje del candidato.
Indudablemente el interés general es observar cómo desalmados se caen a puños y patadas por defender lo indefendible en lugar de analizar las propuestas económicas y políticas de un país claramente dividido y afectado por el racismo. Ello deja al descubierto las debilidades informativas de los medios de comunicación masiva, pues ni siquiera aprovechan el momento para dar paso a la opinión pública sosegada. Prevalece el entretenimiento, y Trump, quien no es tonto, sabe que eso lo mantendrá en el ojo público y abriendo los noticiarios mundiales. Me parece escucharlo: “Que hablen bien o mal es publicidad. Es parte del mercadeo político aunque idiotice. No importa”.
En este caso, como en otros, apelan a respuestas emotivas. Por ejemplo, aquí en Puerto Rico, el más reciente episodio de radicación de cargos del presunto asesino del niño Lorenzo González Cacho provocaron en ciertos sectores indignación y coraje porque ya habían valorizado la cadena de hechos a partir de la especulación de los seudoperiodistas. Ello ocasiona que aun las causas del asesinato se conviertan en espectáculo y se valoricen como chisme, a pesar de la pertinencia de la noticia. La información se convierte en parte del espectáculo contado como si fuera una película de ficción. Esta degradación de la noticia y, por ende, del periodismo no contribuyen a la calidad y el crecimiento intelectual del pueblo.
El concepto de información periodística está regido por los valores de la información que afectan a la sociedad. Cuando la información importante se diluye, los medios de comunicación que se consideran serios se convierten en sensacionalistas. Un medio de comunicación puede ser identificado como sensacionalista, trivial o populachero cuando utiliza información importante como complementaria o ligera otorgándole importancia al escándalo. Si esa información ventilada es asumida por otros medios, entonces el problema de contenido es mayor, pues esa noticia ligera domina la agenda de los medios y le otorga la pertinencia que no tiene. Parecería como si el medio no identificara la importancia que tiene la credibilidad de la información y se moviera despiadadamente hacia el control de espacios de audiencia o lectores a cambio de lo que sea. Sin embargo, al degradar el valor noticioso, también se relega la reputación trabajada. Peligrosamente los medios de comunicación y la prensa que cae en esos usos probablemente desconoce que incumple con su función y responsabilidad social.
Necesitamos distinguir los estándares de calidad y la ética en la información publicada. Fuera de consideración deben quedar las líneas rojas que promueven la toxicidad, desinformación, sensacionalismo, el cotilleo y la propaganda.


