Columna de Hiram Guadalupe: Nocivos dogmatismos
Poco a poco, y a medida que se cierra la carrera primarista en el Partido Nuevo Progresista, uno de los candidatos a la gobernación por esa colectividad…
Poco a poco, y a medida que se cierra la carrera primarista en el Partido Nuevo Progresista, uno de los candidatos a la gobernación por esa colectividad, Ricardo Rosselló Nevares, se aferra a los sectores más fundamentalistas del entorno religioso nacional en ánimo de buscar respaldo político ante una contienda que parece perderá.
Todo indica que su equipo estratégico ha lanzado al candidato a una cacería de votos a mansalva, identificando nichos electorales que puedan ayudarle a amortiguar el impulso que, según fuentes del Penepé, ha tomado la campaña de su contrincante, Pedro Pierluisi.
En esta ocasión, Rosselló Nevares se refugió entre un séquito de religiosos conservadores a los que complació con una férrea oposición a la enseñanza con perspectiva de género, sentencia que recogió en un documento titulado “Compromisos con el tercer sector y las comunidades de base de fe”.
También dijo que retomaría la regla de fijar los uniformes escolares conforme al sexo del estudiante, rechazando el respeto a la diversidad y abonando a una cultura de estigmatización y odio.
Se comprometió, además, a defender el matrimonio entre un hombre y una mujer, un pronunciamiento sujetado a dogmas religiosos que contravienen el derecho vigente tras la sentencia del Tribunal Supremo de Estados Unidos a favor de los matrimonios del mismo sexo.
Como si fuera poco, y revelando el perfil de un político ortodoxo, sexista y homófobo, lanzó lodos contra los miembros de la comunidad lésbica, gay, bisexual, transexual y transgénero, a quienes advirtió que, de resultar electo gobernador, eliminará los derechos logrados mediante la política pública de la actual administración y no consentiría ninguna nueva legislación a favor de la equidad, pues solo concedería aquellos derechos establecidos por los tribunales.
Según Rosselló Nevares, los gobernantes de turno han pecado al mostrar indiferencia hacia grupos religiosos y “exhiben un claro menosprecio por la fe y los valores cristianos de nuestro pueblo puertorriqueño”.
Sin más ni más, las expresiones del joven político son reprochables. Obstinarse en un discurso ultraconservador para ganar simpatías electorales entre religiosos es repetir el juego de la demagogia que ha saturado la política puertorriqueña por décadas.
Por eso es importante insistir en que la defensa de los derechos humanos y civiles deben estar por encima de cualquier dogmatismo, sobre todo aquellos que se imponen amparados en la fe ciega de conducir los destinos de la sociedad bajo criterios moralistas cargados de prejuicios.
Alguien debería instruir al precandidato penepé que la inclusión de un currículo con perspectiva de género en nuestras escuelas aspira a promover escenarios de discusión que propendan a la creación de espacios de mayor equidad en las relaciones entre hombres y mujeres. En tiempos en que la violencia de género figura como una ola imparable, es pertinente y urgente una educación que propicie una cultura de respeto y sana convivencia para una nueva y mejor ciudadanía. Hay que enseñarles a nuestros niños, niñas, adolescentes y jóvenes que todas y todos tenemos los mismos derechos y, por tanto, no hay cabida para conductas discriminatorias.
Como sociedad nos corresponde defender los pasos afirmativos logrados a favor de la igualdad, la equidad y la justicia. Se trata de conquistas que nacen de largos años de lucha y sacrificio, en los que mujeres y hombres valientes han enfrentado la fibra feroz de un fundamentalismo religioso que ha pretendido dictaminar cómo encauzar la política pública del país apoyándose en dogmas moralistas para imputar y condenar lo que les parezca infame.
Por eso es oportuno repasar al filósofo alemán Federico Nietzsche, quien nos recuerda que “la moral es la gran mentira de la vida”.


