Columna de Hiram Guadalupe: Consignas y resentimientos

A ocho meses de las elecciones, el debate político del país se torna cada vez más pobre e insustancial. Comienzan a apabullarnos las consignas y frases, en su…

Por Hiram Guadalupe @hiramgp

6 mar 2016, 11:00 pm 3 min de lectura

A ocho meses de las elecciones, el debate político del país se torna cada vez más pobre e insustancial. Comienzan a apabullarnos las consignas y frases, en su mayoría insípidas, que se articulan desde cuartos oscuros de publicistas con el objetivo de pescar votos.

Mientras, las ideas y los proyectos que habrán de encaminar el futuro de nuestra ciudadanía quedan ausentes en la discusión pública, quizás porque habrá quienes piensen, al interior de las cofradías de los comités de campaña, que aún es muy temprano para presentar propuestas.

Sin embargo, queda ignorado el malestar que se vive a diario en nuestras calles como consecuencia de los malabares que hay que hacer para sobrevivir en una economía precaria que no ve luz al final del túnel y que cristaliza ánimos de preocupación e incertidumbre.

Las estadísticas que cacarean los ejecutivos del gobierno, anunciando reducción en el desempleo, una baja en las incidencias criminales y aumentos —pírricos— en nuestro índice de productividad resuenan como bromas de mal gusto ante una realidad social que muestra todo lo contrario.

¿Acaso alguien ha sentido los efectos de esa alegada reducción en el crimen que fanfarronean desde La Fortaleza? Basta ver los telediarios nocturnos y atrofiarse con la narración de al menos diez minutos ininterrumpidos de noticias que relatan los acontecimientos violentos del día. Tal proyección no es más que la validación de la crisis de inseguridad social que vivimos todas y todos quienes recorremos nuestras calles sin el privilegio de ser custodiados por escoltas financiadas con fondos públicos.

¿Y qué nos dicen de los pequeños y medianos comerciantes? Este sector, que se ha convertido en un apetecible eslogan de campaña para muchos políticos de carrera, hoy vive atado con una soga al cuello. Las quejas continuas sobre los efectos que acarrean por la depresión económica y la alta tasa de impuestos que llevan sobre sus hombros caen en oídos sordos y repican sin pena ni gloria entre funcionarios gubernamentales que concentran sus esfuerzos en proteger los intereses del capital foráneo.

La misma suerte corre el sector trabajador y profesional, nuestra fuerza productiva, cuya condición socioeconómica se precariza a pasos agigantados. Y ni hablar de cómo crece en nuestra isla el número de familias que ya no puede ni tan siquiera costear el pago de su hipoteca porque su salario se convierte en sal y agua.

De espaldas a esa realidad va la inmensa mayoría de los políticos. Sus prioridades gubernamentales están torcidas y, abrazados a la testarudez del poder, se niegan atender otras ideas que ofrecen salidas para manejar la crisis, como aquellas que proponen la intención de capturar ingresos de los bolsillos que más ganancias acumulan y que no invierten ni un céntimo para el desarrollo económico del país.

Como si fuera poco, los truenos que retumban desde el poder gubernamental solo destilan resentimiento y rencor. Se escucha la voz de un gobernador airado, abrazado a la frustración de una derrota inducida y que ahora se ha dedicado a emplear tiempo y energías en atacar a sus correligionarios en vez de aprovechar esta última oportunidad en el ejercicio de su gobierno para impulsar medidas que favorezcan a la gente que prometió defender y representar.

Mas poco parece importar cuánto se ensanche la desigualdad social en el país o cómo termina de desplomarse nuestra economía si el objetivo está trazado en utilizar este último tramo del ejercicio gubernamental para saldar cuentas personales.

Y mientras eso ocurre, entre el resto de los aspirantes a conducir las sendas de nuestro destino colectivo se percibe el caos y el desconcierto. Pocos muestran entender a cabalidad los entresijos de nuestra realidad económica y social. Menos son los que tienen algo sensato que aportar a un debate que, hasta el momento, aparece dominado de falsedad e ideas vacuas.