Columna de Rafael Lenín López: No me quito, pero ¿por qué?
Yo no me quito. Estipulado. Soy de los que he decidido mantenerme en la batalla diaria en nuestro país sin juzgar negativamente, como dice Glenn Monroig en una…
Por Rafael Lenín López @LeninPR
Yo no me quito. Estipulado. Soy de los que he decidido mantenerme en la batalla diaria en nuestro país sin juzgar negativamente, como dice Glenn Monroig en una reciente composición, a los que se han ido a buscar mejores oportunidades en el exterior.
Pero ¿por qué no quitarse? No se trata de un cuestionamiento retórico. Busco una respuesta que vaya más allá del mareo al que nos inducen las campañas publicitarias que se ponen de moda en momentos de desasosiego. En esta ocasión se trata del lema que viene circulando desde hace varias semanas en las redes sociales: #yonomequito. La frase ha pretendido ser un grito de guerra de quienes hemos decidido quedarnos en la patria enfrentando las adversidades.
Pero, de nuevo, ¿por qué no quitarse? ¿Por qué no quitarse sin que las razones sean nuestras bellas playas o el compromiso de los puertorriqueños? ¿Quién está trabajando en el plan nacional para sacar al país de la situación en la que se encuentra? ¿Desde dónde en el gobierno se está elaborando una propuesta coherente que represente una ruta eficaz para salir del atolladero? ¿Dónde está el plan de desarrollo económico más allá de lo que Washington nos pueda dar en lo inmediato o recurrir al impago de la deuda pública?
Con esto no pretendo criticar al principal propulsor de esta campaña, el empresario Carlos López Lay. Le reconozco a él una gran preocupación por la situación que vive el país y su interés de contribuir con la solución de los problemas. De hecho, es reconocido por ser un patrono de avanzada y dispuesto a poner en vigor en sus empresas lo que muchos hombres de negocios no harían. A eso se ha debido su éxito y ojalá esa pasión se reprodujera a todos los niveles, tanto del sector público como en el privado.
Sin embargo, de campañas como estas está llena nuestra historia reciente. Hace poco un banco nos invitaba a “echar pa’lante” y en las redes sociales nos pedían que pusiéramos “mi mejor cara” para reafirmar que “yo soy Puerto Rico”. Desde el gobierno, nos dijeron también que “somos más grandes” y que tenemos que estar “juntos moviendo a Puerto Rico”. Son muchos los lemas parecidos que se convierten en virales. En la lucha contra la criminalidad ni se diga.
Son campañas que terminan siendo una pastillita que nos tragamos de cuando en vez para amortiguar un bajón en la autoestima colectiva, como el que se toma el analgésico para aliviar el dolor. Lo que sucede es que, al igual que con el dolor físico, el problema siempre amenaza con resurgir si la condición es seria y no se atiende en todas sus dimensiones.
Precisamente, el 7 de marzo de 2014, el empresario Carlos López Lay, entre otras figuras del sector privado, fue reclutado por el gobierno para presentar sugerencias que atendieran nuestra crisis. En aquel momento se convocó a una conferencia de prensa para anunciar la creación del grupo de trabajo “Puerto Rico se transforma: mesa de acción para la competitividad y el crecimiento”. El anuncio rimbombante solo provocó titulares temporeros, ya que el resultado de ese esfuerzo no fue notable, al menos públicamente. Sospecho que aquí el eslabón que se perdió en el camino fue el del gobierno.
El pasado lunes, Alejandro García Padilla tampoco presentó razones para no quitarse.
En su mensaje sobre la situación del país, el gobernador no presentó un rumbo esperanzador para quienes evalúan el boleto de avión como opción de futuro. Se limitó a decir que, si Washington no actúa, vendrá el impago y sobreviviremos como se pueda.
Las campañas son buenas si surgen en momentos en que hay esfuerzos más concretos ocurriendo. Este no es el caso nuestro. Nuestra clase política no trabaja en un plan de desarrollo económico sostenible que convenza a los puertorriqueños a no quitarse. Es por esto que estas campañas que se traducen en hashtags, camisetas y protestas a través de las redes sociales —de esas que no conllevan ni una de las gotas de sudor que producen las protestas callejeras— tienen que convertirse en reclamos duros para que quienes nos gobiernan trabajen y así no tengamos que estar pidiéndoles a nuestros compatriotas que no nos desamparen.
De lo contrario, aplicando a este asunto una respuesta que en una ocasión le dio Silvio Rodríguez a Rubén Blades ante una crítica a la revolución venezolana, estamos “como cuando las encopetadas damas de la alta sociedad salen a hacerle caridad a los que no tienen justicia”. Le recordaba Silvio a Rubén que las revoluciones no son pacíficas, se vence o se muere. Acá tenemos que enfrentar la crisis con firmeza, exigiendo, en todos los frentes, mucho más allá de Facebook.


