Columna de Hiram Guadalupe: Encubrimientos
En Puerto Rico, como en muchas partes del mundo, los discursos de los partidos tradicionales están saturados de máscaras que se ocultan sus verdaderas agendas…
En Puerto Rico, como en muchas partes del mundo, los discursos de los partidos tradicionales están saturados de máscaras que se ocultan sus verdaderas agendas, más allá de las consignas que adornan sus campañas publicitarias.
Una cosa es el relato de sus aspiraciones y la lista de promesas en el furor de una contienda electoral y otra es la agenda que encaminan una vez advienen el poder gubernamental. Si removemos los antifaces, nos encontramos con la semejanza de sus rostros.
Miremos, por ejemplo, cómo las acciones políticas del oficialista Partido Popular Democrático y su opositor Partido Nuevo Progresista van fundiéndose al ritmo de una misma ideología. Pocas son las diferencias.
Sus propuestas económicas, las alternativas para aliviar la crisis fiscal y su acercamiento a los problemas de salud, educación y seguridad, por mencionar algunos, son tan afines que parecen copias al carbón. Basta repasar las páginas de la prensa del país durante el pasado cuatrienio para percatarnos que vivimos en un continuo déjà vu. Se dice lo mismo, se hace lo mismo, tanto desde el poder como desde la oposición.
Cierto es que entre el pepedé y el penepé no todo es igual. Hay distinciones, pero minúsculas. Habrá quien señale, y con razón, que entre ambos grupos hay diferencias en los estilos de conducir el Gobierno y matices en los tonos de sus discursos y sus retóricas.
Mas en lo esencial, al referirnos al marco ideológico que determina sus políticas públicas, parecen estar siempre de acuerdo, más allá del fanfarroneo demagógico que escuchamos a diario en la radio.
A ninguno de los dirigentes de estos partidos, por ejemplo, parece moverlos una genuina aspiración por lograr un Puerto Rico verdaderamente más justo, democrático, solidario y equitativo.
Ambos viven, y han vivido, de perpetuar el modelo de dependencia económica; los dos buscan sobrevivencia del limosneo en Washington; ninguno ha presentado un proyecto de desarrollo económico para el país en las últimas décadas y pepedé y penepé han empujado el Gobierno alimentando una impagable deuda pública.
Asimismo, ambos han jugado con el tema del estatus, pero resisten resolverlo; los dos subsisten sometidos a los grandes intereses del capital, en particular extranjero, al que protegen de la imposición de arbitrios mientas exprimen los bolsillos de la ciudadanía; rojos y azules no apuestan al fortalecimiento del servicio público y siempre terminan inclinando la balanza hacia la privatización.
La lista es larga y podríamos enumerar casos específicos que revelan el verdadero rostro que encubren las máscaras de los dirigentes de estos partidos, quienes han gobernado el país durante el último medio siglo.
Pero hay más. Entre ellos, pepedés y penepés, también hay acuerdos para perpetuarse al poder y turnarse las sillas de la dirección gubernamental. Uno de estos es su conspiración para obstaculizar que fuerzas políticas emergentes logren su inscripción como partidos políticos y ocupen un espacio más activo en la discusión pública nacional.
Es un complot concertado. Por más de un año, funcionarios de la Comisión Estatal de Elecciones, instruidos por dirigentes de los partidos vigentes, han acordado invalidar decenas de miles de endosos que certifican al Partido del Pueblo Trabajador como partido oficial.
Rojos y azules han sido cómplices de un escandaloso fraude electoral. Lo triste es que es un tema del que poco se habla en nuestros medios de comunicación: la cruenta violación a la voluntad de un electorado que ha endosado con su firma la creación de una nueva colectividad.
El tribunal también ha sido inefectivo en poner la casa en orden y obrar con justicia. Ese foro no ha atendido un acto que devela la corrupción que hay en esas viejas maquinarias partidistas.
Para el pepedé y el penepé no basta compartir las mismas concepciones ideológicas ni hablar el mismo idioma al referirse al destino del país. Su mayor deleite es turnarse el poder, por eso impiden que se quiebre el fatídico mal del bipartidismo. El asunto es serio y penoso.


