Columna de Hiram Guadalupe Pérez: Ruta equivocada
La tasa de participación laboral registrada el pasado mes de marzo fue de 40.3 por ciento, una de las más bajas en nuestra historia reciente. La cifra es…
La tasa de participación laboral registrada el pasado mes de marzo fue de 40.3 por ciento, una de las más bajas en nuestra historia reciente. La cifra es preocupante porque advierte que los esfuerzos para la creación de empleos continua siendo uno de los grandes retos que enfrentamos como sociedad.
Alguien desde el gobierno pudiera encubrir ese hecho aduciendo que el número oficial de desempleados ha disminuido en los últimos meses. Mas sabemos que esa cifra, ofrecida frecuentemente por el Departamento del Trabajo, se limita únicamente a informar una parte reducida del universo de personas que están fuera del mercado laboral sin contabilizar los que se han marchado del país y los miles que ya se cansaron de buscar trabajo.
Otro dato despampanante lo encontramos en los informes que muestran cómo mes a mes se ensancha la brecha negativa entre los recaudos esperados por el Estado y los que realmente se logran obtener. La ecuación es simple: el país no está colectando dinero.
Al margen de las estadísticas, el mejor reflejo de nuestra realidad se calcula en nuestras calles viendo la desesperanza e incertidumbre que hace cada día más difícil para sobrevivir y donde el gobierno poco ayuda para aliviar el peso que cae sobre la ciudadanía.
Pero mientras la economía se contrae, aumenta el cierre de comercios locales, crece el empobrecimiento de la población y se imponen más arbitrios al consumo, el gobierno se enfoca en vender al mundo nuestra archipiélago como el paraíso fiscal más prodigioso para multimillonarios.
El jefe de esa encomienda es el secretario de Desarrollo Económico y Comercio, Alberto Bacó Bague, quien se ha convertido en el principal representante del gran capital extranjero en Puerto Rico.
En la última semana, este funcionario ha presentado algunas de sus nuevas estrategias económicas que, en tiempos de crisis, no hacen más que escandalizarnos. Primero anunció que se apresta transformar el dique seco de San Juan en un centro de reparación y mantenimiento de embarcaciones lujosas que, a su vez, se complementará con la construcción de una marina para embarcaciones de lujo, los famosos megayates, que llevará por nombre Puerto Rico Marina District.
Luego, en un lujoso hotel de la capital reunió a más de un centenar de inversionistas españoles y latinoamericanos a quienes les presentó las ventajas competitivas del país en un evento titulado Puerto Rico Investment Summit.
En el fastuoso salón del hotel, este señor no habló nada de la crisis fiscal, la impagable deuda pública, la baja ocupación laboral, los impuestos al consumo y la baja en los recaudos del fisco. Por el contrario, el discurso preparado para los invitados de lujo del gobierno se adornó de un tono entusiasta que destacó el incentivo de invertir capital a cambio de poca o ninguna tributación.
No se trata solo de no pagar impuestos en Puerto Rico, ni por las ganancias de sus empresas ni por sus ingresos personales, sino que, además, a estos multimillonarios se les seduce con la posibilidad de repatriar la plusvalía de su capital a la Isla sujeta a una tasa mínima de impuestos de cuatro por ciento, que con las leyes de deducciones especiales y exenciones pudiera ser menor.
Más aún, a estos ricachones se les ofrece la ventaja de que su caudal relicto, los bienes y el capital que forman parte de su herencia, esté libre del pago de impuestos en la Isla cuando en cualquier parte del mundo estaría sujeto a una tributación de 50 por ciento.
Lo más grave es que a estos magnates nadie les exige que los incentivos que reciben deben estar sujetos a cierto nivel de productividad o a la creación de empleos. Por el contrario, el gobierno les regala un paraíso fiscal a cambio de nada.
Mientras esto ocurre el país se arruina, la población empobrece, encarecen los bienes y servicios, crecen los impuestos y se recortan fondos públicos en áreas que son vitales para la ciudadanía. Vamos por la ruta equivocada.


