Opinión: Me abro para recibir
En estos días, con motivo del día de las madres, fui invitada con mi mamá, Lilliam Catalá, al programa de Alexandra Fuentes. Creo que en mis treinta años en…
Por Lily García
En estos días, con motivo del día de las madres, fui invitada con mi mamá, Lilliam Catalá, al programa de Alexandra Fuentes. Creo que en mis treinta años en los medios es la primera vez que nos entrevistan a mami y a mí juntas en televisión. Alexandra hizo un hermoso trabajo y tengo que confesar que en un momento dado me emocioné al punto de que se me hizo un taquito en la garganta.
Fue en el momento en que Alexandra le preguntó a mami si yo le había traído muchos problemas cuando niña y adolescente. Mami le contestó que no, que todo lo contrario, que había sido ella la que me había traído problemas a mí porque siendo la mayor tuve que enfrentarme a que durante toda mi niñez seguían apareciendo nuevos hermanitos que yo tenía que ayudar a cuidar. Tienen que entender que mami me tuvo cuando tenía veinte años y ya a los treinta éramos cinco. Ella mencionó que tal vez por eso, por haber comenzado desde tan temprana edad a ayudar en la crianza de otros, es que fui siempre tan independiente y por lo cual busco seguir ayudando a otros a través de mi trabajo.
Mi madre es una mujer espectacular de quien me siento muy orgullosa, pero tiende a ser poco expresiva. En casa, papi siempre ha sido el besucón y cariñoso. Por eso, el escucharla hablar de mí, no solo con palabras bonitas, sino con orgullo, me emocionó profundamente. Hay mucho de cierto en lo que dijo. Al año y medio de yo nacer llegó la segunda y por ahí cada año y medio siguieron llegando tres más. No había mucho tiempo para mí porque siempre había otras prioridades. Yo lo entendía perfectamente y nunca lo resentí.
Fui siempre sumamente independiente y autosuficiente. Ya a los doce años trabajaba en el negocio familiar y tejía cositas para vender. Trataba de aliviarle a mami y papi la carga porque sabía que era fuerte. La fuerza que me dio ese sentido de independencia se convirtió en una de las principales fortalezas de mi carácter. Pero como toda fortaleza no vigilada, esta se transformó en una debilidad. Me acostumbré a dar, dar y dar y se me olvidó cómo recibir.
Con el tiempo he llegado a entender que no existe un ejemplo más grande de generosidad que el abrirle la puerta a la generosidad de otros. Hacerlo nos hace más humildes porque nos recuerda que por más independientes que seamos, siempre vamos a necesitar algo de alguien. Practicar el abrirme a pedir ayuda y a la generosidad de los demás siempre será un reto para mí. Pero poco a poco iré aprendiendo.
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