Opinión: Extravagante testarudez
Quienes regentan el poder Ejecutivo y Legislativo poco ayudan a remediar los graves problemas presupuestarios e institucionales que tiene el Gobierno porque…
Quienes regentan el poder Ejecutivo y Legislativo poco ayudan a remediar los graves problemas presupuestarios e institucionales que tiene el Gobierno porque, además de mostrar su pérdida de capacidad para encaminar a la sociedad hacia una visión de país, andan muy ocupados en gestar proyectos que les sirvan de aguijón para sus campañas electorales.
Esa obstinación por encuadrar la gestión pública a la ecuación electoralista explica el enojo del gobernador al ver frustrada la aprobación de su reforma contributiva, en la que sugería un aumento en el impuesto al consumo y ofrecía, como gratificación, la eliminación del pago de contribuciones a un segmento de la población.
El diseño de esa propuesta estaba hecho a la medida para ajustarse a los eslóganes típicos de campañas proselitistas, mas no para salvar al país de su crisis. Y en torno a eso, la ciudadanía estaba muy clara y, de múltiples formas y desde diversos foros, consignó su oposición. Las representaciones de esa oposición manifestaron que el alcance de una carga de arbitrios mayor a la actual no haría más que apretarnos económicamente y empobrecernos.
Esas voces de resistencia, en cambio, no se limitaron a estipular su rechazo al nuevo tributo, sino que también presentaron alternativas. Algunas de esas ideas, por ejemplo, impulsan medidas inmediatas para lidiar con la insuficiencia presupuestaria del Gobierno, mientras otras atienden el reordenamiento del modelo gubernamental para fortalecer los servicios públicos.
Existen, además, propuestas para atacar la excesiva burocracia administrativa que ha minado la eficiencia del Gobierno y fórmulas para erradicar la intrusión partidista perniciosa y el asalto de grupos privados que han diseñado la fórmula perfecta para enriquecerse de la gestión pública.
También han sido esbozadas opciones para atender nuestra impagable deuda pública, instando al Gobierno a la renegociación con sus acreedores, defendiendo primero los intereses de nuestra población y no salvaguardando las ganancias de los bonistas.
Asimismo, para enfrentar nuestras dificultades como país, desde la sociedad civil se ha insistido en la necesidad de trabajar con una reforma integral de toda la administración pública bajo el entendido que no se trata meramente de un asunto de contabilidad financiera, sino de una seria crisis de gobernabilidad. Ideas nunca han faltado, mas, como ya vimos, el drama oficialista del Gobierno estuvo fijado en la urgencia de aprobar una única medida para atender la crisis basada en la imposición de un gravamen al bolsillo de la ciudadanía.
Por suerte, hubo quienes desde la mayoría legislativa en la Cámara de Representantes sintonizaron con el reclamo del pueblo y, a pesar de todas las presiones, votaron contra la medida y lograron su paralización.
Mas ahora a estos seis representantes se les demoniza y cae sobre sus hombros todas las culpas por la crisis que vivimos. Contra ellos la dirigencia del oficialista Partido Popular Democrático vierte su frustración y los tilda de irresponsables, desleales, egoístas y cobardes, tal cual los nombró el gobernador días atrás en su mensaje de Estado.
Hace mal el primer ejecutivo al descargar su coraje y soberbia sobre estos legisladores y sobre quienes piensen distinto a él. No se da cuenta que al hacerlo muestra el rostro de su extravagante testarudez y echa a perder un momento importante para llamar a la reconciliación a favor de la reconstrucción del país.
Olvida que con fanfarronerías, tonos de guapetón, desprecio a la disidencia y amenazas de decretos no se enfrentan los problemas de gobernabilidad que sufrimos. Por el contrario, se necesita sapiencia, tolerancia y humildad para reconocer los errores y concertar esfuerzos encaminados a producir ideas y propuestas que nos ayuden a superar los tiempos difíciles que nos ha tocado vivir.
El Gobierno tiene ahora un nuevo turno al bate.
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