Opinión: Los pillos no me dejan ni intentar conseguir jevo
El 9 de noviembre de 2013, publiqué mi primera columna. ¿El título? “Ojalá y esos panties te sirvan”, y explicaba el coraje que sentía porque compré ropa…
Por Karla Figueroa @LaKarlaFigueroa
El 9 de noviembre de 2013, publiqué mi primera columna. ¿El título? “Ojalá y esos panties te sirvan”, y explicaba el coraje que sentía porque compré ropa interior en Victoria’s Secret (lugar en el que no compro a menudo porque la economía no está pa’ eso), pero me abrieron el carro para llevarse esa bolsa rosada decorada con papel maché. Ese día me quedé sin panties coquetos, sin plancha de pelo y sin cartera.
Hoy les comparto mi última columna en este portal. No mi último escrito (en solo semanas los vuelvo a incomodar con mi opinión), pero sí es mi última columna en Metro.
Digamos que esta es mi columna de despedida, pero les quiero adelantar que lo que viene, promete.
Estuve todo el día pensando qué escribir, hasta que me di cuenta de que lo que me pasó este fin de semana me sirve, no solo para cerrar este capítulo con broche de oro, sino para terminarlo donde mismo comenzó: con los pillos boricuas.
Y es que déjenme contarles, demostrar afecto no es mi fuerte. No sé decir cosas bonitas, no soy detallista y me aterra hacer cosas que (pienso) me pueden hacer ver débil.
Soy la persona que en vez de decirle: “mi amor”, a la persona que le gusta, le dice: “cabrón”. Suelo ser la que no te dice nada coqueto en la cara, pero hace el intento a través de un mensaje de texto, aunque termina haciendo chistes y enviado “memes”.
Entonces, por primera vez en mi vida decidí hacer algo lindo, intenté hacer una de esas cosas que salen en las películas que ven las mujeres despechadas mientras comen chocolates, pero un ladrón cambió mis planes.
Estaba en crisis total porque dije un par de cosas que me hicieron ver como Maripily en televisión hablando mal de uno de sus romances. Así que estuve todo el día sin salir de mi casa, maquinando cómo arreglarlo.
Fue en ese momento que mi amiga hizo lo correcto: me llevó a comer mantecado (el manjar de los dioses).
“Los cupcakes hacen a todo el mundo feliz… Se los debo llevar, pero no me atrevo a hacer esas cosas”, le dije. “¡Vamos!”, me dijo ella, quien es la persona más romántica del mundo (al nivel que considero que la película “He’s Just Not That Into You” la inspiraron en ella y sus historias).
Como el sitio de los cupcakes que quería comprar estaba cerrado, bajo un aguacero intenso llegamos hasta Guaynabo. Compramos en el único lugar que estaba abierto (así que ya se pueden imaginar que terminé comprando los postres más caros de toda la isla). Me tapé el pelo para que no se me dañara el blower y regresé al carro.
En el carro estuve 10 minutos pensando qué escribirle en la nota. De momento me di cuenta que soy una persona que se dedica a escribir cosas tan llenas de sarcasmo que no tenía las palabras para escribir una disculpa.
“Vamos a comernos estos dulces y ya… No voy a dejar nada”, dije mil veces. Pero, al final, escribí una disculpa graciosa y decidí que era hora de hacer algo “fresa” por alguna vez en mi vida.
Pasamos tres veces frente a la guagua antes de yo atreverme a dejar la nota y la bolsa con la caja de LeMacaron (porque nunca encontré cupcakes). Cuando logré dejarla, salí corriendo y la caja quedó en el borde.
“Me duele la barriga, vamos a llevarnos la caja. Yo no hago estas cosas”, le dije a mi amiga, y fue en ese momento que ella, que le aplaude más al amor que José José, decidió tomar el control y asegurarse de que la caja estuviera en el lugar correcto. La acomodó. Me puse pálida. Nos fuimos.
Todo esto, todo ese estrés, toda esa histeria, para enterarme que un pillo se robó los dulces, la bolsa, la nota y mi intención de hacer cosas de nenas.
De momento pienso: “quizás fue mi culpa por haber dejado eso ahí”, pero no, eso no fue mi culpa. No podemos seguir pensando que nos roban por dejar las cosas en el lugar equivocado. No hay lugar equivocado, hay gente que no respeta.
En serio, ¿en esta joya caribeña una no puede ni hacer cosas lindas? ¿De verdad los pillos no me dejan ni intentar conseguir jevo?
Yo no le deseo el mal a la persona que se comió los dos macaroons y los tres chocolates, pero sí espero que le haya dado mucho dolor de barriga y cargo de conciencia.
La semana de mi primera columna me robaron los panties coquetos. Durante el casi año y medio que llevo escribiendo esta columna, he escrito un sinnúmero de veces de todo lo que nos roba el gobierno. Ahora, la semana de mi última columna, me robaron hasta las disculpas. Esta joya caribeña no deja de sorprenderme.
Mientras nos sigan robando, yo tendré contenido.
Nos leemos pronto, mis niños.


