Puertorriqueñas superan el discrimen en la milicia EE. UU.

Cuando Carmen García Rosado decidió enlistarse en el ejército, sabía que devengaría un salario menor a los 60 dólares que ganaba al mes como maestra.

Por Juan Carlos Melo @melodicespr

26 mar 2015, 11:00 pm 3 min de lectura

Cuando Carmen García Rosado decidió enlistarse en el ejército, sabía que devengaría un salario menor a los 60 dólares que ganaba al mes como maestra.

Su interés por viajar y mejorar su inglés era mayor que continuar desempeñándose en la docencia, por lo que al momento en que la milicia americana inició el reclutamiento de mujeres puertorriqueñas, García Rosado dio un paso al frente.

“Tras el ataque a Pearl Harbor (7 de diciembre de 1941), se hizo necesario reclutar damas puertorriqueñas, pero el pueblo de Puerto Rico no estaba de acuerdo que nosotras las mujeres fuéramos a la guerra. Yo solicité y entre las 2,000 mujeres que solicitaron escogieron solo a 200, entre las que estaba yo”, cuenta García Rosado, quien describe su selección como un milagro con la cual su familia nunca estuvo de acuerdo.

Rosado, quien fue asesora de exprocuradores de veteranos en el país, asegura que a su llegada a las fuerzas las mujeres estaban asignadas a trabajos de enfermería y de oficina.

Ella, quien fue una de las primeras mujeres puertorriqueñas en servir, como parte del Cuerpo de Mujeres del Ejército (WACS, por sus siglas en inglés), se destacó como especialista en comunicaciones e intérpretes en la cartas en el correo general del ejército de Estados Unidos.

Añade que lo más difícil de su estancia en la milicia, dos años durante la Segunda Guerra Mundial, fue que tuvo que lidiar con la discriminación racial que había en el sur de Estados Unidos, al tiempo que se daba un clima de rechazo a la mujer latina.

“Las mujeres latinas nos teníamos que proteger mucho porque también había mucho ataque sexual y desprecio por la raza. Las americanas estaban muy celosas de nosotras, porque éramos muy activa.

Nos llevábamos los premios marchando, vestíamos nítidamente, éramos respetuosas, pusimos el nombre de Puerto Rico en alto y dimos a demostrar que la mujer latina es seria, inteligente, religiosa”, destacó García Rosado, sin mostrar ningún signo de arrepentimiento por haber formado parte de las fuerzas.

La incursión de Rosado en las fuerzas demuestra que la guerra también tiene rostro de mujer y que, al igual que en su época, los problemas de racismo y discrimen siguen latentes hoy día.

Otra veterana

Alba Giselle Ortiz Torres una veterana de 33 años da fe eso.

Cuenta que la mujer en el campo de batalla es un poco marginada y sobreprotegida por sus compañeros, quienes en la mayoría de las ocasiones ignoran que hay “somos muchas mujeres competentes, hay muchas mujeres que estamos a la par o por encima de muchos de los hombres y somos bien competitivas”.

Ortiz Torres, quien actualmente se desempeña como reclutadora, tras servir como transportista por varios años en la operación Iraqui Freedom, en 2003 al 2004 y luego en el 2005 al 2006, revela para la mujeres que son madres su permanencia en el ejército resulta más difícil. 

“A las mujeres que son madres les es superdifícil dejar a sus hijos para ir al combate. Es bien triste ver lo que ellas sufren mientras están allá”, cuenta Ortiz Torres, quien revela que en varias ocasiones le tocó ser el paño de lágrimas de muchas. “Me era un poco difícil aconsejarlas, porque no soy madre, pero siempre trataba decirle algo alentador”.

“Ellas me decían que eran malas madres porque dejaban a los hijos. A veces tienen que ceder la custodia a la suegra, madres esposas, y tenían ese miedo de que cuando regresaran no les devolvieran a sus hijos”, relata la veterana natural de Barranquitas, quien cuenta que los momentos más difíciles que se viven en las fuerzas es cuando pierdes un compañero.

“Es muy duro. Cae la moral de la unidad. Todo se paraliza. Todo deja de funcionar y hasta nos ofrecen mucha ayuda psicológica”, asegura.

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