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title: "Crónica: El \"Día sin carro\" en la voz de una extranjera dependiente del auto"
description: "Nunca había vivido un día sin carro. Ni siquiera me lo imaginaba, porque en Puerto Rico es casi imposible movilizarse sin él, ya que el transporte colectivo es…"
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section: "Noticias"
author: "Cindy Burgos @Cindy_Andreina"
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published: "2015-02-05T03:00:00.000Z"
updated: "2022-04-02T03:11:50.194Z"
publisher: "Metro Puerto Rico"
language: "es"
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# Crónica: El "Día sin carro" en la voz de una extranjera dependiente del auto

_Nunca había vivido un día sin carro. Ni siquiera me lo imaginaba, porque en Puerto Rico es casi imposible movilizarse sin él, ya que el transporte colectivo es…_

Por Cindy Burgos @Cindy_Andreina · Noticias · 2015-02-05T03:00:00.000Z

Nunca había vivido un día sin carro. Ni siquiera me lo imaginaba, porque en Puerto Rico es casi imposible movilizarse sin él, ya que el transporte colectivo es limitado y poco constante. Por eso en esta primera experiencia seguí al pie de la letra la recomendación de levantarme temprano para tener espacio en el TransMilenio, que dicen es una locura en los días sin carro. Un taxi no era una opción para llegar desde la calle 61 hasta la 26, me dijeron. A las 6:30 de la mañana sería casi imposible agarrar uno, así que ni lo intenté.

Tomé la bicicleta que me prestaron en la calle 26 tras un recorrido de media hora en la ruta K-86 del TransmMilenio, que no iba tan abarrotado como esperaba y en el que nadie se miraba ni se hablaba. Solo unas chicas que entraron al final contaron que un día una de ellas le pidió a una señora que le diera espacio a una madre con su niña para que se sentara, pero la señora no quería moverse, hasta que un “usted tan mal educada con los extraños, cómo será con sus hijos, si tiene” logró hacer efecto en la mujer. A esto, la amiga le dijo: “Hay que aprender a ser humano”, y yo asentí.

En la estación del TransMilenio El Tiempo-Maloka sonaba en repetición la famosa canción de Beethoven Para Elisa, que iba perfecta con la extraña calma que tenía tomada a la ciudad de Bogotá, donde en otros días reinan los bocinazos y el olor de los tubos de escape de los carro en medio de los trancones.

Como cientos iban en bicicleta, no fue difícil conseguir a alguien que me ayudara a llenar de aire las llantas. Creo que, a pesar de las quejas, días como hoy los bogotanos son más simpáticos porque se permiten salir de la rutina y mirarse a la cara.

Como nunca ando en bici, estaba aterrada de chocar, ya que, a pesar de que debía ser un día sin carros, encontré más tráfico del que esperaba. Solo pensaba en que este día deben orientar a los conductores a ser menos agresivos, sobre todo a los taxistas, que tenían tomadas todas las calles de la ciudad.

Huecos en la carretera y rampas mal construidas me pusieron a pensar en lo difícil que debe ser moverse a diario a pie o en bici. Mejorar este tipo de infraestructura para dejar a un lado los carros debe ser algo a lo que las ciudades deben moverse. Las leves cuestas tampoco fueron mis aliadas. Tuve que detenerme en varias ocasiones, tomar jugo de naranja recién hecho y arrancar nuevamente, viendo a personas que parecían disfrutar bastante el recorrido por la hermosa ciudad de ladrillos.

Militares con armas largas intimidaron mi paso, pero no creo que al resto de los transeúntes les pareciera raro. Mucho menos a los grupos de estudiantes que pasaban de vez en cuando, gritando. Lo impresionante era pensar que habían dejado a un lado los aparatos electrónicos como el celular o reproductor de música para desplazarse en por su ciudad, disfruntándola.

Luego de desayunar, pasé por el parque El Virrey, donde muchos comían tumbados en el césped. Un florista me comentó lo mucho que disfrutaba este día en el que el aire se limpiaba, pero aseguraba que no debía llamarse el ‘Día sin carro’ hasta que eliminaran el tráfico de todo tipo de vehículos. Quizá taxis de bicicletas sean una opción, le dije, y me regaló una de las rosas que se le partió.

**Una fiesta al mediodía**

La impresión de que el Día sin Carro había sido una excelente jornada se reafirmó luego del mediodía. Fue en la calle 85 donde se formó la bici pachanga. El recién formado grupo ‘El parche de la bici` convocó a un flashmob para que los ciclistas adoptaran a un conductor y le enseñaran a bailar la “cumbia cachaca”. Y yo que pensaba que los bogotanos no bailaban, pero el grupo ‘Los asesinos del ritmo’ me demostraron lo contrario.

Edwin García, quien convocó al evento, me dijo que no esperaba que tuviera tanta acogida. “La idea es seguir haciendo esto y seguir creciendo. Más allá de vincularnos como bici usuarios, queremos demostrar que somos más los que queremos un cambio que beneficie el ambiente por medio de la sonrisa y el baile”, comentó.

A pesar del cansancio, siento que debo dejar más a menudo el carro en mi casa. Provoca más encuentros y mejora la condición física.

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