Opinión: Truqueros

En nuestro país hay quienes viven tentados a la trampa. Pulsados por el truco buscan la vía más cómoda para obtener dinero y presumir de buena vida o…

Por Hiram Guadalupe @hiramgp

25 ene 2015, 11:00 pm 3 min de lectura

En nuestro país hay quienes viven tentados a la trampa. Pulsados por el truco buscan la vía más cómoda para obtener dinero y presumir de buena vida o simplemente jactarse de vivir fácilmente, sin sacrificios, escalando posiciones, usurpando fondos públicos y pensando solo en alimentar su sórdido individualismo.

Solemos verlos todos los días. Los hay jueces, abogados, contables, médicos, políticos, psiquiatras y comerciantes. Contrario a otros tiempos, estas últimas semanas hemos presenciado la ruina de algunos de estos, quienes, como consecuencia de sus actos, se han colocado en el ojo público tras haber tenido que enfrentarse a la justicia federal para ajustar algunas cuentas.

Primero ha sido el exjuez de Aguadilla, Manuel Acevedo Hernández, quien vendió la honra de su silla en la Judicatura por unos miserables miles de dólares, un par de yuntas para emperifollar sus camisas, dos relojes, una motora y un poco de cemento en su marquesina.

A cambio, exoneró de culpa a un sujeto de nombre Lutgardo Acevedo, quien provocó la muerte de un ciudadano tras impactarlo con su auto. Este delincuente logró una absolución de su crimen, pero antes tuvo que invertir unas migajas de billetes para comprar la impúdica conciencia de un magistrado que utilizaba el poder de su cargo para traquetear.

Este exfuncionario judicial ya está en prisión a la espera de la lectura de su condena. Mientras, las personas que participaron en el traqueteo de compra de influencias y quienes conspiraron a favor de la libertad del bandido que le quitó la vida a un inocente aún no han sido juzgados.

Parecería que en el país del truco es difícil capturar. Pensemos, por ejemplo, en aquellos que viven del inversionismo político y que apuestan a recuperar las donaciones que hacen en campañas con la adquisición de jugosos contratos, muchas veces ilícitos. Por ahí van violando las leyes y reglamentos que conforman nuestro ordenamiento jurídico.

Hacen y deshacen con los dineros del pueblo; viven a sus anchas y se la pasan canturreando de sus relaciones personales con políticos de alto nivel a quienes dicen asesorar —ad honorem— en temas de política pública.

Ese grupo es amplio y sus nombres son harto conocidos en las altas y medianas esferas de los partidos, en las agencias de gobierno y en la Legislatura. Sin embargo, son de difícil captura porque muchas veces diseñan esquemas para descargar sus cuantiosas aportaciones sin tener que rendir cuentas a las autoridades fiscalizadoras. Pero eso sí, una vez logran colocar en el poder a quienes apoyaron en la contienda electoral llenan sus bolsillos con buenos contratos y sin sudar ni una gota.
Pero estos no son los únicos truqueros de la ínsula. En el traqueteo nuestro de cada día también hemos visto rodar nombres de profesionales que han vendido la honra de su trabajo por un par de cientos de dólares.

En esa lista incluimos a médicos y psiquiatras que, como se ventila actualmente en la corte federal, emplearon su tiempo y expertise en conspirar para justificar la holgazanería de un sector de la sociedad que se ha ocupado de perpetuar un ingreso sin dar un tajo.

Estos profesionales no son más que tramperos clínicos que andan por las calles cubiertos de un cinismo rampante, luciendo un falso civismo y un lujo nada discreto con el que suelen invisibilizar sus roñosas intenciones. Son quienes estampan sus firmas en informes médicos fatulos para gestionar pensiones artificiales, quienes ejercen su profesión desvestidos de códigos éticos porque, al final, vale más el poder seductor de don Dinero que la integridad.

Todos ellos deshonran la patria, como también la mancillan quienes roban el dinero del pueblo mediante contratos de servicios que nunca ofrecen y quienes traquetean con la compra de influencias para abalanzarse contra competidores comerciales con el único fin de impedir su desarrollo.

La aspiración al dinero fácil, a la trágala, nos consume.