Opinión: Justicia sin odio

Aquella noche dos sujetos llegaron a una residencia muy probablemente con la idea de cometer un crimen. Por la narración que se ha vertido de los hechos…

Por Hiram Guadalupe @hiramgp

23 nov 2014, 11:00 pm 3 min de lectura
Opinión: Justicia sin odio

Aquella noche dos sujetos llegaron a una residencia muy probablemente con la idea de cometer un crimen. Por la narración que se ha vertido de los hechos, aducimos hubo premeditación.

Entraron al hogar sin mayores disturbios y, una vez adentro, desenfundaron sus armas y aligeraron su desconcierto contra un núcleo familiar. Se ha dicho que esa pareja de inescrupulosos asesinos puso de rodillas a sus víctimas y, entonces, dispararon. No es difícil imaginar los rostros indolentes de los criminales, sus severas miradas y frígidas manos.

Tras halar el gatillo, los cuerpos adultos cayeron desangrados al suelo y los dos más pequeños fueron raptados para ser ejecutados más adelante. Solo uno de ellos logró sobrevivir, no sin antes presenciar el fusilamiento de su hermano.

El testimonio es desgarrador y no es un cuento de ficción. Es, lamentablemente, nuestra triste verdad y una muestra más de la crítica situación de violencia que enfrentamos como sociedad.

Ha sido una escena, más que triste, espeluznante. Todo apunta a que, con el paso de los días, un sector de nuestra sociedad va perdiendo los escrúpulos y se lanza a una guerra fratricida, asesinando gente a mansalva sin consideraciones y en medio de una arrebato desdichado que no hace más que sumar daños colaterales, que añaden otras muertes a la fatídica estadística de homicidios y, a su vez, engrosan la curva ascendente e imparable del vendaval de violencia que nos acecha.

Duele, además, que toda esta escena criminal se percibe como una situación incontrolable. Una guerra sin rumbo ni fin que va desintegrando nuestra estructura social y a la que el Gobierno se asoma sin respuestas.

Lo peor, sin embargo, es que con este horrendo asesinato emerge el odio en varios sectores de nuestra sociedad. En las ondas radiales, por ejemplo, algunos comentaristas y locutores urgen porque el crimen se pague con la vida de sus asesinos. Atosigan por manejar la violencia amparándose en preceptos de la Ley del Talión: ojo por ojo, diente por diente.

Odio con odio, muerte con muerte. Así las cosas, no estamos más que enseñando a nuestros niños y niñas a odiar y a desear la muerte como castigo y en venganza al dolor.

Nadie puede aprobar las actuaciones de estos individuos, quienes habrán de pagar sus culpas según lo ordena nuestro código penal. Mas por más duro que nos golpeen sus actos, nada justifica clamar por el retorno a la barbarie propiciando que el Estado se convierta en asesino.

Eso es cederle el espacio a la intolerancia y permitir que las sombras del conservadurismo amenacen la democracia y los derechos ciudadanos que nos asisten a todos y todas. Es permitir que el eco de la obcecación moralista nos contamine contraviniendo la protección del clima de paz y justicia que, en estos días de tanta turbulencia, se hacen necesarios salvaguardar.

Los que así piensan salpican odio y venganza sin necesariamente calcular que su afanosa actitud por la imposición de la muerte como castigo nos mueve en dirección contraria a la edificación de una sociedad que se inspire en la confianza y acepte el reto de su reconstrucción, sosteniéndose en principios de igualdad, justicia y democracia.

Expeler resentimiento, odio y furia contra estos sujetos no aporta en nada al desarrollo de una sociedad sin violencia. Por el contrario, la ruta debe ser unirnos tras la exigencia de paz con justicia, una ecuación que nos conducirá a un espacio de concertación social y reconciliación en el que todos y todas dejemos de ver a nuestros semejantes como enemigos a quienes hay que destripar.

Para construir la paz, necesitamos, ante todo, deslindarnos del odio y la venganza.

Vea también estas notas:

  1.  
  2.