Opinión: ¿Te están diciendo la verdad?
Si usted le pregunta a cualquier periodista con vasta experiencia qué es lo más difícil de la profesión, la contestación tendría necesariamente que ser…
Por Mariliana Torres @MarilianaTorres
Si usted le pregunta a cualquier periodista con vasta experiencia qué es lo más difícil de la profesión, la contestación tendría necesariamente que ser discernir si las personas que entrevistamos están diciendo la verdad. Esa es nuestra lucha diaria. Durante las 24 horas del día, no importa si estamos fuera de labores profesionales, seguimos en nuestra misión de distinguir entre lo que es verdadero y lo que es falso.
A lo largo de todos estos años he aprendido que no se puede confiar en nadie y que, por más que te lo cuenten como cierto, siempre hay que buscar más allá de esas palabras que se venden como verdaderas. Quizá es duro de escuchar y aceptar, pero la persona que menos usted piensa le puede clavar un puñal por la espalda con tal de desplazarlo y subir como la espuma, aunque su apellido sea mediocre. Es decir, un entrevistado le puede asegurar que está diciendo la verdad, como una vez lo juró por su madre el exlegislador hoy convicto Jorge de Castro Font y meses más tarde se descubrió que todo lo que juró es mentira. Por eso en esa búsqueda de la verdad siempre tengo cuatro ojos.
Les voy a dar un ejemplo en el que esa búsqueda de la verdad ha estado entorpecida por diversos flancos y se ponen a prueba las llamadas fuentes de información que tanto acariciamos los periodistas.
Estando un día cubriendo un caso criminal en la zona sur del país, lo que percibió mi nariz fue una mentira. No importa dónde me paraba, olía un truco policial para que los periodistas no descubriéramos la hipótesis tejida por investigadores que vendían como teoría, sin haberla probado, sobre quién había matado a quién y por qué.
Gracias a la sagacidad de otro compañero periodista que lleva casi tres décadas en esto, pude confirmar mis sospechas de que la tal fuente de información policial era precisamente la que estaba ocultando información. Pero ¿con qué fin? Sencillo, llevarse toda la gloria porque buscaba un ascenso. Descubrimos la falsedad al no apartarnos de la escena, hacer las preguntas correctas, olfatear como sabuesos y descubrir parte de la supuesta evidencia que nos negaban en el baúl de una camioneta policial.
La cara de la llamada fuente valía un millón de dólares y tuvo que aceptar que había ocultado la información. De la fuente confiable que generó información y conocimiento en su momento se transformó en la ilegitimidad de datos. Aquí la astucia del periodista para desenredar telarañas fue indispensable. Los periodistas salimos airosos con la verdad debajo del hombro, pero ¿qué habría sucedido si nuestro olfato periodístico o malicia periodística no se hubiera puesto en vigor?
Los periodistas basamos nuestros trabajos en las fuentes de información que se cultivan por años. Son tan importantes para nosotros como saber escribir. A lo largo del tiempo el periodista establece un círculo de fuentes que clasifica entre personales, oficiales, exclusivas y anónimas. Sin embargo, independientemente de toda la jerarquía, las fuentes tienen que ser auténticas, es decir, producir información con signos de verdad. ¿Qué es para mí una fuente de información impecable? Una fuente que colabora sin miedo, que tiene documentos para corroborar, que es fiable y que, sobre todo, se deja identificar.
Ahora busque en su archivo de datos las llamadas fuentes de información que tiene. Pregúntese si esas fuentes le han ayudado a obtener información veraz y publicable. Si la contestación es negativa, merece la pena brindarle mayor atención a lo que pasa a nuestro alrededor. Seguramente hay información falsa rondando que amenaza con destruir su credibilidad.


