Opinión: Somos y seremos viejos
Tal parece que la palabra viejo o vieja se ha convertido en una mala palabra. Tengo una amiga muy guapa que cada vez que en la prensa aparecen las palabras…
Por Mariliana Torres @MarilianaTorres
Tal parece que la palabra viejo o vieja se ha convertido en una mala palabra. Tengo una amiga muy guapa que cada vez que en la prensa aparecen las palabras anciana o vieja se pone furiosa.
Entonces me llama o me envía mensajes de texto exteriorizando su indignación, porque ella no está decrépita ni mucho menos es un vejestorio. Entonces me recalca que ella es muy productiva.
En otras palabras, ella quiere que los periodistas dejen de utilizar la palabra viejo o vieja como calificativo para referirse a las personas de 60 años en adelante.
Tiene razón en parte, porque una persona de esa edad es completamente fructífera y, es más, a esa edad muchas personas llegan a su término más alto en lo profesional. Los años que tiene mi amiga son un poquito más que 60, pero prometo no divulgarlos porque eso ocasionaría que la coqueta y espigada mujer me negara una copa del burbujeante que comúnmente tomamos los domingos, día de nuestras pláticas para resolver los problemas del mundo. Cabe señalar que mi amiga sabe muy bien el significado de la palabra viejo o vieja, pues escribe muy bien y, al igual que yo, ama el idioma español.
Acá entre nosotros su indignación tiene raíces más profundas, enraizadas en la coquetería y el cuerpo de guitarra que conserva.
Pero aprovecho la ira de mi amiga para reflexionar sobre algunos problemas que aquejan al sector envejeciente de nuestro país, que en un momento dado seremos todos. Primero, aclaro que el término viejo que usted lee o escucha no es peyorativo. Por el contrario, es la palabra correcta a utilizarse en referencia a personas mayores de 70 en adelante.
La Real Academia Española define el término viejo como “persona de edad” y se usa comúnmente para entender que la persona tiene 70 años o más. Es decir, que está bien empleado al colocarlo en la descripción del texto.
Pero ¿por qué muchos de nuestros receptores perciben una ofensa cuando escuchan esa palabra? ¿No estamos preparados para aceptar que todos seremos viejos o es que no nos enseñaron su significado?
Los periodistas estamos llamados a enriquecer nuestro vocabulario y propagarlo. Somos humanos y cometemos errores, pero no podemos montarnos en la guagua de los simplones. La palabra viejo se puede utilizar con respeto.
En momentos en que la sociedad puertorriqueña envejece aceleradamente y que dentro de poco serán más los viejos que los jóvenes en nuestro país, debemos cambiar la percepción errada de que los viejos no son productivos, relegándolos a una minoría marginada.
El Gobierno y sus agencias dedicadas a ese menester deben promover políticas públicas que garanticen una protección mayor a esa población y a los que están avejentando. Evitar que continúe percibiéndose como una población invisible debería ser su norte.
Dentro de poco los servicios de salud que necesita esa población se quedarán aún más cortos de los que tenemos actualmente. Los gastos impagables ahogarán su calidad de vida y no habrá quién se encargue de ellos.
Ojalá que Puerto Rico aprendiera a distinguir y enaltecer a nuestros viejos tal como lo hacen otras sociedades. China es un gran ejemplo de respeto y enaltecimiento de los viejos.
Las leyes dirigidas a ese sector protegen su calidad de vida hasta el final de sus días en términos económicos y espirituales. A los chinos se les obliga a visitar a sus padres y tienen que enseñarles a sus hijos las bases del respeto y el amor a las personas mayores tal y como el filósofo chino Confucio promulgaba: “Si uno no demuestra respeto hacia los ancianos, ¿en qué se diferencia de los animales?”.
Las enseñanzas de Confucio se basaban en el respeto mutuo y la lealtad a la familia como factores indispensables de una sociedad sana en la que los ancianos brindan la sabiduría y enriquecen el alma.


