Opinión: A mitad de camino
De entrada, hay que decir que uno de los peligros de la discusión en torno a la marihuana —sea para despenalizar su posesión o para legalizar su uso medicinal—…
Por María de Lourdes Santiago @marialourdespip
De entrada, hay que decir que uno de los peligros de la discusión en torno a la marihuana —sea para despenalizar su posesión o para legalizar su uso medicinal— es que se utilice para esconder el verdadero problema de adicción a sustancias ilegales.
En nuestro país, existen decenas de miles de usuarios problemáticos de las llamadas drogas fuertes (cocaína, heroína, crack), cuya situación, dramática como es, no ha recibido una fracción de la atención legislativa y mediática con que se ha privilegiado el tema del cannabis. Probablemente el caso más visible es de los adictos a la heroína: un recorrido por las zonas metropolitanas permite percatarse del alarmante número de usuarios, en condiciones deplorables y muchos de ellos muy jóvenes, pidiendo dinero para pagar su próxima dosis. El promedio de inyección en Puerto Rico es siete veces al día —mucho más alto que en otras jurisdicciones— y aún es frecuente el uso compartido de jeringuillas, las cuales, en caso de estar infectadas, actúan como vía de contagio de VIH y hepatitis. A pesar de lo visible y trágico de la situación, las entidades que se dedican al intercambio de jeringuillas, como Intercambios Puerto Rico y Punto Fijo, se las arreglan para hacer maravillas con un presupuesto mínimo, igual que aquellas que brindan, con una devoción ejemplar, servicios de desintoxicación, tratamiento y rehabilitación. Pero no es simpático recabar solidaridad para los adictos, así que el tema termina escondido o hablándose a media voz.
De hecho, uno de las situaciones generadas por la mano fuerte aplicada a usuarios casuales de marihuana es que, a través de los programas de desvío de las cortes de droga, se les refiere a tratamientos diseñados para personas que ya han desarrollado adicción a otras drogas, privando de ese espacio a los que más necesitan alternativas de tratamiento. Así que la despenalización de su posesión para uso personal, como propone el Proyecto del Senado 517, permitiría un acercamiento más realista a la situación, y una corrección necesaria a la absurda desproporción de la pena que hoy la ley permite imponer: tres años de cárcel por la primera falta y hasta diez por reincidencia. ¿De verdad alguien piensa que un muchacho arrestado por tener consigo un cigarrillo de marihuana se convierte en una mejor persona si pasa tres años encarcelado?
De la misma manera, hay que revisar las impresiones difundidas por algunos sectores sobre el uso medicinal del cannabis y compararlo con la aceptación general de medicamentos definitivamente adictivos con potentes efectos neurológicos, pero que, gracias a la bendición que les da el etiquetado de las empresas que lo producen, están accesibles en todas las farmacias. Si existe o no la voluntad de que se aprueben ambas medidas, depende solo de los miembros de la mayoría parlamentaria y su disposición a cumplir las cosas que le han prometido al país. Si no, no sería la primera vez que se escudan tras un falso liberalismo para luego quedarse a mitad a camino.


