Opinión: ¿Quién merece un titular?
Gritos, ofensas, palabras impublicables, amagos de violencia, divisionismo, desafíos y actitudes indecorosas que muestran el irrespeto y desprecio por el ser…
Por Mariliana Torres @MarilianaTorres
Gritos, ofensas, palabras impublicables, amagos de violencia, divisionismo, desafíos y actitudes indecorosas que muestran el irrespeto y desprecio por el ser humano que piensa distinto. Ese escenario fue lo que se vio en algunos seguidores de dos bandos en el Partido Nuevo Progresista. Por un lado, el que promueve a Ricardo Rosselló y, por el otro, el que defiende a su presidente Pedro Pierluisi quien ya ha dicho que quiere, ser candidato a la gobernación en el 2016.
Los repudiables actos ocurrieron en el intento de convención de la organización política el pasado fin de semana. No todos se unieron a la trifulca, pero evidentemente los que participaron en el casi motín dejaron saber que cuando ocurran las primarias —para las que ni siquiera se han abierto las candidaturas— ocasionarán muchos titulares. Caerse a palos no abona a la discusión seria de ideas que necesitan ser tratadas en nuestro país para resolver los graves problemas sociales y económicos. Evidentemente, la persona que prevalezca como candidato tendrá que asumir posiciones difíciles, de gran envergadura, y las acciones violentas, que son carne para los titulares, no abonan a la imagen de líder que la colectividad quiere transmitir.
Si querían un titular, evidentemente, lo obtuvieron. Desde el punto de vista de producción para los medios de comunicación, esas imágenes coloridas en las que permea el melodrama de la intolerancia es merecedor de un titular porque llama la atención del espectador. Pero la discusión de ideas queda en un segundo plano porque la violencia diluyó el contenido informativo. Me pregunto si Rosselló o Pierluisi querían esos titulares que enmarcaban el divisionimo y la frustración. Seguramente, no.
¡Qué ironías de la vida! Mientras se caían a palos en el Condado, un puertorriqueño que prefiere la humildad recibía el mayor reconocimiento que se le puede otorgar a un actor —de hecho, más que el Óscar— en la industria cinematográfica. Señores, este fin de semana merecía las primeras planas de todos los periódicos y noticiarios del mundo nuestro Benicio del Toro. Allá en Donostia o San Sebastián, un municipio hermoso al norte de España, famoso por su gastronomía, cultura y turismo, nuestro sublime actor se subía a otro escenario sin violencia. En Donostia, Capital Europea de la Cultura 2016, se lleva a cabo todos los años el Festival Internacional de Cine que ostenta la más alta categoría, es decir, calificación de A del circuito internacional de festivales de cine acreditados por la Federación Internacional de Asociaciones de Productores Cinematográficos. El festival entrega el máximo galardón honorífico llamado Premio Donostia al actor o actriz con una trayectoria cinematográfica excelsa y prodigia. Benicio del Toro se unió al grupo de prestigiosos actores reconocidos desde 1953.
Al aceptar el premio, ofreció uno de los discursos, en español, más conmovedores e impresionantes de la historia del festival. Me quedo con la siguiente frase que pronunció al dedicar el premio: “Si me permiten, le dedico este premio al pedacito de tierra de donde yo vengo, donde yo nací, donde yo aprendí a jugar y a compartir, donde yo tiré mi primera piedra, donde recibí mi primer piedrazo (sic) y aprendí a no tirar más piedras, donde fui al cine por primera vez, donde aprendí a amar, aprendí a llorar, yo aprendí a reír, yo aprendí a atreverme, aprendí o intento hacer las cosas no solo por hacerlas, y aprendí a respetarme a mí mismo como respeto a los demás, donde aprendí a soñar y aprendí a nunca perder la fe, se lo dedico a Borinquen, Puerto Rico”.
¿Quién merece el titular? Todo depende de usted. ¿Quiere discutir ideas o personas? En el 2016, Donostia como Capital de la Cultura merece ser visitada para que su corazón se llene de cultura e ideas; mientras tanto, acá nuestras calles penosamente se llenarán de pegatinas e insultos que en nada abonan a que se resuelvan los problemas intrínsecos de nuestra sociedad.


