Opinión: Drama mediático

En la sociedad del espectáculo las y los políticos viven ofuscados por ingeniarse acciones cuyo único fin es colocarse en la escena mediática, llamar la…

Por Hiram Guadalupe @hiramgp

7 sept 2014, 11:00 pm 3 min de lectura
Opinión: Drama mediático

En la sociedad del espectáculo las y los políticos viven ofuscados por ingeniarse acciones cuyo único fin es colocarse en la escena mediática, llamar la atención y escucharse o verse plasmado en algún medio de comunicación.

Ser noticia es la meta. Nada importa qué se diga si lo que prima en el interés del interlocutor es que algún informativo se ocupe en darle un espacio en su itinerario noticioso del día, y si no lo logran desfallecen, se descomponen y se martirizan porque asumen que han echado a perder el tiempo.

No ser reconocidos los languidecen. Por eso los vemos caminar despavoridos por la vida haciendo cosas absurdas, intentando que el mundo se entere de su existencia, aunque nadie conozca sus nombres y, en la mayoría de los casos, carezcan de bondades por mostrar.

Los políticos de esta estirpe son el resultado perfecto de una conjugación de narcisismo y megalomanía. Ese estado psicopatológico que revela signos de grandeza y que lleva a las personas a un delirio que roza en desórdenes mentales, como creerse superiores y poderosos.

En algunos casos, el drama mediático que encauzan traza como objetivo presumir empatía con el dolor ajeno, figurar ser susceptibles ante la realidad de quienes más carecen y que son víctimas de la desigualdad social.

Basta verlos actuar. Saludan, ríen, abrazan y se mezclan entre los mortales con aires de omnipotencia. Su mayor desafío es ser objeto de la noticia: convertirse en titular y despertar murmullos entre la gente. Sentirse observados a la distancia hasta provocar ese acercamiento informal y vacuo que dibuja los trazos de una pésima imagen fotográfica.

Estos políticos olvidan, sin embargo, que su más grande resquebrajadura es precisamente su donaire ególatra. Su malsana obsesión por querer ser “alguien” y, por qué no, salir retratados en los diarios, verse en televisión y escucharse en radio, aunque sus palabras resuenen a retórica y nada significativo tengan que aportar.

Lo peor es que esa actitud es contagiosa y su alcance supera a quienes con sus acciones degradan el ejercicio de lo político. Pensemos, por ejemplo, en el reality show del novel representante que ha optado por ser pobre, a su manera, y por solo un mes.

No abundaremos en el desatino de su acción ni el desliz populista y demagógico en el que ha caído. Para eso basta una lectura al magnífico ensayo “El pobre como consumidor” del amigo Yoryie Irizarry, publicado en la más reciente edición de la revista digital 80 grados, o la genial columna de la periodista de Metro Karla Figueroa, “Querido mío, con chavos cualquiera es pobre”.

Lo que queremos anotar, en cambio, es que quienes actúan de esa manera son víctimas del delirio que produce la megalomanía. Son seres que andan atolondrados por un mal espantoso de querer figurar como centro de la atención pública recurriendo a acciones que trivializan el verdadero ejercicio de lo político.

En este caso, sentir la pobreza, como se dispone en el “experimento” del representante, es más que presumirse pobre por un mes porque, como ejemplifica Figueroa, “ir al supermercado con una lista y echar cuatro pesos de gasolina no es una experiencia, es una tortura que muchos puertorriqueños viven a diario”.

El centro del debate sobre la pobreza es, sin dudas, más complejo y rebasa los intentos de ilustrar cómo se vive con recursos limitados. Bien lo afirma Yoryie Irizarry: “Hablar de pobreza debe ser hablar de un mal creado por las sociedades, una desigualdad que nuestros modelos económicos crean y que tiene efectos políticos, culturales, sociales y económicos desiguales en sus ciudadanos”.

Para atajar el mal de la pobreza se requiere algo más que una experiencia. Se necesita abordar el problema de la desigualdad desde su raíz, sin banalización ni mucho menos buscando agenciarse reconocimiento tras la pauta noticiosa fácil.

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