Opinión: Lecciones de una ceiba

Mi sobrino Danny, un amante de todo lo que es la naturaleza, puso hace poco una nota en su pared de Facebook.

Por Lily García

2 sept 2014, 12:00 am 2 min de lectura
Opinión: Lecciones de una ceiba

Mi sobrino Danny, un amante de todo lo que es la naturaleza, puso hace poco una nota en su pared de Facebook.

“Cuanto más crece una ceiba,” leía, “más espinas suelta”.  “Cuando crece, puede soltar sus mecanismos de defensa, porque está segura de que no la van a poder tumbar”. Sus palabras me dejaron pensando.

No conocía ese detalle sobre la ceiba.  De hecho, no recuerdo haber visto nunca una ceiba con espinas o haberme percatado de ellas. Buscando más información al respecto, encontré que, efectivamente, la ceiba se autoprotege. como muchas especies de plantas y animales. Sus espinas son en forma de cono y tienen un tamaño de entre tres cuartos de pulgada a pulgada y media. Las podemos encontrar en sus raíces, tronco y ramas durante sus primeros años. Estas se convierten en su escudo protector, ya que evitan que animalitos quieran treparse en la ceiba para protegerse del sol y que su peso o dientes puedan hacer daño a un árbol joven y todavía débil. Pero una vez la ceiba está lo suficientemente fuerte para aceptar inquilinos, se detiene el proceso de crecimiento de las espinas y las que ya estaban se van gastando gradualmemente hasta desaparecer.

La sabiduría de la naturaleza nunca deja de sorprenderme. Y pensé en lo mucho que a nosotros, siendo supuestamente los seres vivos más inteligentes del planeta, nos queda por aprender de ella. Qué muchas personas me encuentro todos los días cubiertas de espinas que no se ven, pero se sienten.  Todos hemos tenido en algún momento la necesidad de protegernos ante algún dolor o sufrimiento que hemos tenido en nuestras vidas. Pero en algunos lo que puede ser una técnica de autodefensa temporera, se convierte en una piel espinosa permanente.

¿Cuáles son los detonantes principales de nuestras espinas?   El desamor, el miedo, la inseguridad, el coraje y la falta de fe, entre muchos otros. La diferencia entre una persona con espinas y una que las soltó hace tiempo no son las experiencias vividas, sino la forma en que las trabajó e interpretó. La primera las sigue cargando convirtiéndolas en parte de la victimización que le dificulta seguir abriéndose a experiencias y relaciones significativas. La segunda las trabajó, las identificó y decidió dejar de cargarlas porque ya no le eran útiles.  Porque sabía que era más lo que perdía que lo que podía ganar.

Hoy te invito a escudriñarte por dentro para encontrar tus espinas.  Y una vez las encuentres, pregúntate de qué te están privando y comienza a dejarlas ir. 

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