Opinión: Amiguitos del coraje

Este pasado fin de semana ofrecí una charla de motivación a un grupo de médicos y otros profesionales de la salud. Al pedirles que compartieran qué cosa les…

Por Lily García

19 ago 2014, 12:00 am 2 min de lectura
Opinión: Amiguitos del coraje

Este pasado fin de semana ofrecí una charla de motivación a un grupo de médicos y otros profesionales de la salud.    Al pedirles que compartieran qué cosa les roba la paz o la felicidad, uno de los médicos valientemente se sinceró.  “El coraje”, respondió.   “¿Y ese coraje nace de algo en su vida personal o profesional?”,  le pregunté.

“El cansancio me da coraje”, explicó.  “Siento coraje cuando me siento física y mentalmente cansado, pero todavía me quedan pacientes por ver”.   Y una vez él habló, otros de los  presentes admitieron haberse sentido así en alguna ocasión.  Claro, todo el que trabaja ha tenido momentos en que quisiera detenerse, pero no puede.  En estos momentos de crisis económica en la que vive nuestro país,  la gran mayoría de nosotros estamos haciendo el doble ganando lo mismo y, en ocasiones, ganando menos.

No es lo mismo, sin embargo,  que un técnico automotriz te diga que tiene coraje porque  todavía le quedan tres carros por alinear, a que te lo diga un médico a quien le quedan dos o tres pacientes.  Porque lo que esperamos de ese médico es que, en el momento en que nos  vea, esté totalmente presente con nosotros.  Un detalle que se le pase, una pregunta que deje de hacer, pueden hacer la diferencia en la calidad de nuestra salud o tratamiento.

Y añadiendo más leña al fuego, este mismo médico admitió que, después de sentirse así, le llegaba el sentimiento de culpa porque sabe que en ese estado no puede darle tratamiento de calidad al paciente. Ni él ni ninguno de nosotros debemos temerle al coraje ni sentirnos culpable por él.  El coraje, en la mayoría de los casos, es la forma en que nuestro cuerpo nos está avisando que hay algo que tiene que cambiar.

En este caso, le puse al médico de frente dos panoramas.  Uno, sentarse a hacer un análisis de su práctica para contemplar la posibilidad de bajar el número de pacientes por día.  La segunda, aprender a reconocer cuándo el cansancio lo está venciendo y actuar antes de que se transforme en frustración y coraje.  Disciplinas como la yoga, el Tai Chi y la meditación o contemplación nos ayudan a aprender a  sintonizarnos con nuestros cuerpos y reconocer emociones y aquello que las dispara.  El  que un profesional de la salud sepa anatomía no quiere decir que esté “conectado” con su cuerpo y emociones.   Y tercero, si el coraje nos sorprende, debemos detenernos y reconocerlo.  Si tenemos a alguien esperando por nosotros, debemos pedirle que nos conceda unos minutos para centrarnos.  No solo lo merecemos nosotros, sino también la persona que está esperando que estemos mental y emocionalmente presentes con ella.